Lykanthrōpía

Capítulo 1

Las viejas tablas crujen cada vez que las botas ensangrentadas tocan el suelo; lentas, casi con delicadeza. Conocía de toda la vida cada sonido que pertenecía a su derruido hogar, cada parte lo solia llenar de calidez. Esos chirridos que alguna vez había encontrado reconfortantes, ahora se desdibujan para convertirse en el sentimiento de asfixia que le impedía tragar saliva; Los pasos recorrieron su hogar mancillando de la sangre de su familia.

En miles de escenarios diferentes se encontró imaginándose a sí mismo como un héroe. Que los cazadores lo encontraran, pero que él, de manera osada y valiente; detendría. Veía el orgullo de sus padres, el amor de su hermano. Quería ganar. Quería pelear contra el destino que le decía que su raza era la presa. Pensó que estaría preparado.

Era tan estúpido, es tan estúpido; porque ahora con las gotas de sangre de la cabeza cercenada de su madre chorreando por las tablas, se sintió tan débil y tembloroso que pensó que, si no tuviera el nudo en su estómago, vomitaría. Veía las gotas escurrir de las tablas hasta que recorrían su rostro, su cuerpo se sacudía mientras se esforzaba por respirar en silencio, intentando ahogar su miedo.

Los pasos se acercaban.

Ahora escondido detras de las escaleras del sotano, podia ver con una extraña claridad las botas negras frente a el, es asi que, cuando los pasos se detuvieron justo delante suyo, prediciendo el golpe hecho por la escopeta del cazador, que con el cuchillo en sus manos; salto directo a la cara destrozándole los ojos de una tajada. Negro, tal parecía que no solo había cegado al hombre, sino que él estaba temblando tanto y con la conciencia tan febril que no sabía cuando llego al bosque.

Toda su vida había crecido bajo el cuidado del bosque que lo rodeaba, sin embargo, mientras se obligaba a seguir corriendo, con cada piedra que perforaba la planta de sus pies, no sintió cuidado alguno, solo la sangre que brotaba de las heridas y que lo hacen seguir consciente.

Santiago Mendoza había comenzado su décima primavera cubierto de la sangre de sus seres amados.

«☆»

La sonata que había compuesto especialmente para este día repercute por todo el salón, derramó los explorados sentimientos de soledad y rencor que en el pasado habían teñido su vida, pero que ahora hacen explosión en el funeral de padre.

Sabía que no era la pieza que le habían dado; tenía presente más que cualquiera de los invitados que lo que hacía solo haría enfurecer a su padre. Ahora era el momento, solo podía despedirse como lo estaba haciendo, porque a pesar de la crueldad con la que había sido criado, sintió punzadas de dolor en su pecho cuando la persona que lo había engendrado falleció.

Su padre.

Término. Mientras sus dedos se detenían de las teclas, su pecho subía y bajaba de forma errática, los ojos le comenzaban a arder pero consciente del público que lo rodeaba se obligó a contenerse. Cuando parecía que sus piernas habían dejado de temblar, se levantó lentamente, con los ojos secos.

Su madre lo esperaba en la puerta, alejada del resto de la familia; la humildad nunca fue su punto fuerte y esa altivez siempre chocó con la familia de su esposo. Intentó huir avanzando lo más rápido posible.

—¡León! Más vale que te detengas ahí. —Dijo su madre encantadora, con voz cargada de reproche. —Siempre me arrepentiré de no tener más hijos, pero eso no hubiera importado si fueras la mitad de lo que fue tu padre.

Sin duda sabía eso, se lo repetían desde que era niño y veía la decepción en sus caras. Todo el tiempo era frases como “A pesar de que eres hijo de tu madre” “A pesar de que eres hijo de tu padre”.

—Si soy tan patético, ¿no crees que deberías manejar la familia ahora? Tal vez debas mantenerte en el poder lo suficiente; hasta que hayas tenido nietos, o hasta que uno de esos sabuesos ambiciosos roben tu legado.

—¿Crees que no lo se? Me alegra que la música no te haya afectado el cerebro —Algo iba mal, dentro de la siempre controlada voz de su madre, oscilaba una sonrisa. Hay pocas cosas que le dan satisfacción. —Me mantendré en el poder. Tu, León; comenzarás tu camino para sucederme. Esta vez no estará tu padre para solapar tu inutilidad.

Siguió a su madre a la oficina de los Vlahos, la oficina congelada en el tiempo, nunca cambió, ni cuando su abuelo era el dueño, mucho menos cuando lo fue de su padre. Ahora, de su madre; huele a tradición, reglas y sangre.

Odiaba ese lugar, era el peor de toda la mansión.

Si ya no estaba su padre ¿Porque seguía sintiendo que se ahogaba? Tenía pánico de vivir con este miedo pisándole los talones por el resto de su vida. Fue entrenado para sentir temor al pisar ese lugar; ahora, no solo era eso, sus instintos le decían que el peligro era inevitable.

Mixili se mantenía serena al pisar la oficina, su voz era plana, sin rastros de sentimentalismo. —Partirás a misiones, las que sean necesarias para ganarte el respeto de tu gente. Demostraras porque nos pertenece este asiento, porque lo ha hecho desde los dioses caminaban entre nosotros.

─Tendré que mandarte a prisión. El reporte estará en tu departamento en breve, hay una presunta bestia que asesinó a toda una familia de cazadores. Mátalo.

«☆»

León no era un cobarde; al menos, no se consideraba como tal. ¿Era un ser racional que entendía que si se arrojaba a las fauces de una bestia probablemente sería asesinado?

Sí.

Sin embargo, era firme en la idea de que cualquiera huiría al ir a su posible muerte, una horrenda y sangrienta a manos de una criatura grotesca, con sus garras intrincadas en sus tripas y la sangre goteante de su cuerpo...

—¡Ah!—Su cuerpo se paralizó justo después del grito que dio, sintió una mano que se ceñía a su brazo.

—Señor Vhalos, el preso está listo para el interrogatorio. —El guardia le indico el camino con un procedimiento tan fluido como solo la practica continua pudo brindarle.



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En el texto hay: comedia, bl, hombes lobo

Editado: 27.07.2026

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