La habitación de Lyra Black estaba en silencio, interrumpido solo por el sonido de la cremallera de la maleta al cerrarse. Doblar la ropa le resultaba más difícil que entrenar durante horas; cada prenda parecía cargar un peso invisible, como si al guardarla aceptara que se iba más lejos de lo que decía el pasaje.
Su madre apareció en la puerta con las manos entrelazadas.
—Ojalá pudiéramos ir contigo —dijo con una culpa que no necesitaba explicación.
Su padre se apoyó en el marco, cansado, todavía con el uniforme de trabajo.
—Sabes que no es falta de ganas, Lyra.
Ella los miró y negó con la cabeza.
—Lo sé. De verdad. No pasa nada.
No había reproche en su voz. Había algo más fuerte: comprensión. Sabía cuánto costaba llegar a fin de mes, cuántas horas robadas al descanso sostenían aquella casa. El torneo era importante, sí, pero no más que el sacrificio de sus padres.
—Voy a estar bien —añadió—. Solo es un viaje.
Su madre la abrazó con fuerza, como si ese gesto pudiera protegerla de todo lo que aún no conocía.
El timbre sonó poco después. Rose entró arrastrando su mochila y sonriendo como si intentara aligerar el aire.
—No te me vayas a cansar antes de tiempo —dijo—. San Diego queda muy lejos de Nueva York.
Lyra esbozó una media sonrisa.
—He peleado más duro que un vuelo largo.
Se despidió de sus padres en la puerta. No miró atrás demasiado tiempo. Subió al auto de la familia de Rose y, cuando el motor arrancó, supo que algo había comenzado.
El aeropuerto los esperaba.
Y con él, un destino que aún no entendía.