Nueva York las recibió con un golpe directo a los sentidos. El ruido era constante, como un latido gigantesco que venía del asfalto. Bocinas, voces en todos los idiomas posibles, sirenas que parecían competir entre sí. Lyra se quedó quieta unos segundos, mirando hacia arriba, con el cuello torcido y los ojos abiertos de par en par.
—Cierra la boca o te va a entrar una paloma —dijo Rose, empujándola suavemente con el hombro.
—Es… enorme —respondió Lyra—. Siento que la ciudad me está mirando a mí.
—Tranquila, solo juzga a todo el mundo por igual —contestó Rose, levantando el celular—. Ahora sonríe, futura campeona clandestina.
El primer destino fue una tienda de ropa deportiva que parecía más grande que el gimnasio donde Lyra había entrenado toda su vida. Rose tomó unas zapatillas sin mirar el precio.
—Rose… —empezó Lyra.
—Ni una palabra —la interrumpió—. Yo pago todo. Considera esto una inversión en mi futura amiga famosa.
Lyra rodó los ojos, pero sonrió. Terminaron comprando ropa que no necesitaban, una sudadera con un precio absurdo y una gorra que Rose juró que “gritaba Nueva York” aunque solo tenía un logo incomprensible.
Después vino la comida. Pizza en una esquina, hot dogs dos calles más allá, y un café tan caro que Lyra creyó que incluía acciones de la empresa.
—¿Por qué este café cuesta más que mi mensualidad del gimnasio? —preguntó Lyra.
—Porque lo tomas en Nueva York —respondió Rose, solemne—. Aquí todo sabe mejor… y duele más.
Caminaron hasta que los pies protestaron, entraron a tiendas solo para salir sin comprar nada, se rieron de un imitador de estatua humana que parpadeó justo cuando Rose le dejó una moneda. El cansancio llegó de golpe, como un puñetazo tardío.
En la habitación del hotel, Lyra se dejó caer en la cama sin quitarse las zapatillas.
—Mañana entreno —murmuró—. Lo prometo.
—Mañana eres responsable —dijo Rose apagando la luz—. Hoy sobrevivimos.
No pasaron ni cinco minutos antes de que ambas se quedaran dormidas, exhaustas, con la ciudad rugiendo detrás de la ventana.
Nueva York seguía despierta.
Ellas, no.