La plaza todavía conservaba el aliento frío de la mañana. Lyra estiraba bajo un árbol desnudo, concentrada, con la capucha puesta y los auriculares colgando del cuello. Cada movimiento era preciso, casi ritual. Al día siguiente sería el torneo y su cuerpo lo sabía: los músculos tensos, la respiración medida, la mente afilada.
Un par de sombras se proyectaron frente a ella.
—Buen juego de pies —dijo una voz con acento extraño—. No es común ver eso aquí.
Lyra levantó la vista. La primera chica era alta, de hombros anchos y mirada tranquila. La otra, más baja, con una sonrisa confiada y los brazos cruzados.
—Soy Miresa Laurdrop —continuó la alta—. Canadá.
—Sabrina Los Santos —agregó la otra—. México. Y tú entrenas como si mañana fueras a la guerra.
Lyra dudó solo un segundo.
—Mañana peleo.
Sabrina sonrió más.
—Entonces hoy entrenamos.
Caminaron hasta un espacio oculto entre edificios viejos, un rectángulo de cemento olvidado donde el ruido de la ciudad apenas llegaba. No había reglas claras, solo respeto implícito.
Miresa dio el primer paso. Su estilo era limpio, directo. Golpeó con precisión quirúrgica, obligando a Lyra a retroceder. Sabrina se movía distinto: más impulsiva, más rápida, buscando ángulos imposibles.
Lyra respondió con disciplina. Bloqueó, esquivó, contraatacó. El choque de estilos convirtió el entrenamiento en una danza violenta. Puños rozando mejillas, patadas frenadas a centímetros del impacto real, respiraciones agitadas mezclándose con el polvo.
Sabrina logró derribar a Lyra una vez, pero Miresa la detuvo con una llave impecable segundos después. Lyra se levantó, respiró hondo y cambió el ritmo. Golpeó a Sabrina con una combinación corta y giró para evitar a Miresa… demasiado tarde.
Un barrido perfecto.
Luego el suelo.
—Bien peleado —dijo Miresa, ofreciendo la mano—. Pero hoy no era tu día.
Rose, que había observado todo desde un banco, aplaudió exageradamente.
—¡Wow! Lyra, creo que acabo de ver a tu futura jefa.
—Cállate, Rose —gruñó Lyra, fingiendo molestia.
Se miraron. Dos segundos después, rieron.
El cansancio era real, pero también lo era algo más peligroso: confianza.
Y el torneo ya estaba demasiado cerca.