Las noches en prisión no eran silenciosas; solo estaban llenas de sonidos distintos. Pasos lejanos, llaves chocando, respiraciones ajenas. Desde su litera, Lyra escuchaba la voz de Antonella filtrarse a través del muro como un susurro persistente.
—Antes de todo esto trabajaba en una librería —contó Antonella—. Nada épico. Nada ilegal. Solo libros y café frío.
Lyra apoyó la frente contra la pared.
—Yo solo sabía pelear. Pensé que si entrenaba lo suficiente, todo lo demás se ordenaría solo.
Antonella rió suavemente.
—Mentira más común del mundo.
Hablaron de familias, de países lejanos, de decisiones pequeñas que terminaban pesando toneladas. No se veían, pero eso no importaba. En ese intercambio invisible, ambas sobrevivían.
Al día siguiente, el patio estaba más tenso que de costumbre. Lyra reconoció a Antonella enseguida y caminó hacia ella. Apenas intercambiaron unas palabras cuando una sombra se plantó frente a ellas.
La mujer era grande, musculosa, con cicatrices visibles y una sonrisa torcida.
—Así que tú eres la asesina del torneo —dijo mirando a Lyra—. Pensé que serías más impresionante.
Antonella retrocedió instintivamente.
—Déjala en paz —murmuró, con la voz quebrada.
Lyra dio un paso al frente.
—El problema es conmigo.
El primer golpe llegó sin aviso. Lyra esquivó y respondió. No había técnica refinada, solo instinto puro. El patio se convirtió en un círculo de gritos. La prisionera lanzó golpes pesados; Lyra aguantó, contraatacó, cayó y volvió a levantarse.
Antonella gritó su nombre.
Entonces llegaron los policías.
No separaron. Castigaron.
Las porras cayeron sin distinción, contra huesos, espaldas, cabezas. Lyra sintió el impacto seco en las costillas. Antonella cayó al suelo protegiéndose. La otra mujer también gritaba.
—¡Al suelo! ¡Al suelo!
El dolor lo cubrió todo.
Cuando terminó, las tres estaban tiradas, respirando con dificultad. Sangre, polvo, silencio.
Lyra miró a Antonella desde el suelo.
A pesar de todo, seguía viva.
Y no había retrocedido.