El dolor no llegó de golpe. Llegó como una marea lenta, espesa, que le apagó los sentidos uno por uno.
Lyra apenas alcanzó a escuchar su propio nombre antes de que todo se volviera negro.
Cuando volvió en sí, lo primero que sintió fue el olor a desinfectante. Luego, la luz blanca sobre su rostro. Parpadeó varias veces, intentando enfocar, hasta que el mundo dejó de girar.
—Tranquila —dijo una voz suave—. No intentes moverte todavía.
Lyra giró la cabeza con dificultad. Frente a ella estaba una joven enfermera de cabello rubio recogido y ojos celestes sorprendentemente tranquilos para ese lugar.
—Soy Morgan —se presentó—. Estás en enfermería.
Lyra tragó saliva. Cada músculo le dolía.
—Antonella… —murmuró—. ¿Dónde está Antonella?
Morgan revisó una planilla antes de responder.
—Se fue hace unos treinta minutos. Estaba consciente. Muy adolorida, pero estable.
El pecho de Lyra se aflojó apenas. Cerró los ojos un segundo, respirando hondo.
—Gracias —dijo.
Morgan le sonrió, una sonrisa pequeña pero sincera.
—No tienes que agradecer. Aquí no pasan muchas cosas buenas… cuando pasan, se notan.
Lyra la observó en silencio. La calma de Morgan contrastaba con todo lo que había vivido desde el torneo. Con la violencia. Con la culpa. Con el encierro.
—¿Puedo… —dudó— quedarme un poco más aquí?
Morgan levantó la vista, evaluándola.
—Técnicamente ya podrías volver a tu celda.
Lyra bajó la mirada.
—Solo un rato más.
Hubo un silencio breve. Luego, Morgan acomodó la sábana sobre ella.
—Cinco minutos —dijo—. No le digas a nadie.
Lyra asintió, dejando escapar un suspiro cansado.
Por primera vez desde que cruzó esas rejas, el mundo no le parecía completamente hostil.
Solo frágil.