La casa estaba en silencio, un silencio distinto al de la prisión. Aquí no había ecos metálicos ni pasos vigilantes, solo el zumbido lejano de la ciudad entrando por la ventana. Lyra se sentó en el sofá con una taza caliente entre las manos, todavía adaptándose a gestos simples que antes parecían imposibles.
Rose caminaba de un lado a otro, inquieta.
—No sé ni por dónde empezar —dijo al fin—. Pasaron… demasiadas cosas mientras no estabas.
Lyra alzó la mirada.
—Cinco años no son poco tiempo.
Rose asintió, respiró hondo y se sentó frente a ella.
—Empezaron a aparecer superhumanos.
La palabra quedó flotando en el aire.
—¿Superhumanos? —repitió Lyra, frunciendo el ceño—. ¿Cómo en… experimentos?
—Exacto —respondió Rose—. Proyectos secretos, sueros, organizaciones que jugaban a ser dioses. Nueva Jersey fue el epicentro de todo.
Lyra apoyó la espalda en el sillón, incrédula.
—Eso suena a una locura.
—Lo fue. Y lo peor es que fue real —continuó Rose—. Hubo uno… Bloodshoot. Un tipo que terminó enfrentándose a todos ellos. A algunos los mató. A otros los entregó a la justicia. Los otros cinco superhumanos que aparecieron… están muertos o presos gracias a él.
Lyra guardó silencio. Su mente intentaba acomodar la información, pero no encajaba con el mundo que recordaba.
—¿Y nadie hizo nada? —preguntó—. ¿El gobierno? ¿La prensa?
Rose soltó una risa breve, sin humor.
—Hicieron lo que siempre hacen. Llegaron tarde.
Lyra negó lentamente con la cabeza.
—Me fui a prisión por una pelea ilegal… y cuando vuelvo, hay superhumanos muriendo en las calles.
Rose la miró con una mezcla de ternura y dureza.
—Lyra —dijo con suavidad—. Estuviste cinco años encerrada. El mundo no te esperó.
La frase dolió más de lo que Lyra esperaba.
Miró por la ventana, hacia una ciudad que ya no reconocía del todo. Algo había cambiado afuera… pero también dentro de ella.
Y por primera vez, se preguntó qué lugar le quedaba en ese nuevo mundo.