La autopista estaba casi vacía cuando Gudson salió de San Diego. La noche era clara, demasiado tranquila. El detective conducía con una mano firme sobre el volante y la otra apoyada cerca del teléfono. La imagen del mensaje en sangre no se le iba de la cabeza.
LYRA BLACK VOY POR TI.
El impacto llegó sin aviso.
Algo rojo cayó desde un puente y golpeó el capó con una fuerza antinatural. El auto se sacudió violentamente. Gudson perdió el control, el volante giró sin obedecerle y, segundos después, el vehículo chocó contra otro auto estacionado. El sonido del metal retorciéndose rompió la noche.
Gudson apenas tuvo tiempo de desabrocharse el cinturón cuando la puerta fue arrancada de un tirón.
La figura estaba ahí.
Roja de pies a cabeza. Traje ajustado, marcado, como si el cuerpo debajo no fuera del todo humano. Los ojos brillaban con una calma perturbadora.
—Detective Jefferson Gudson —dijo la figura—. Un gusto al fin.
Gudson intentó incorporarse, pero un dolor agudo le recorrió el pecho.
—¿Redman? —escupió.
El hombre inclinó la cabeza.
—Así me llaman.
—Si buscas a Lyra Black… —empezó Gudson.
Redman levantó una mano.
—Solo quiero información. Dónde está. Con quién. Nada complicado.
—No —respondió Gudson sin dudar—. Tendrás que matarme.
Redman sonrió.
El primer golpe lo lanzó contra el asfalto. Gudson intentó defenderse, sacó su arma, pero Redman la aplastó con la mano desnuda. El sonido del metal rompiéndose fue seco, irreal.
Gudson recibió otro golpe. Luego otro. Cada impacto era preciso, calculado, inhumano. Intentó levantarse una última vez, pero las fuerzas lo abandonaron.
—Admirable —dijo Redman mientras lo observaba caer—. Pero inútil.
La oscuridad se lo tragó.
Horas más tarde, Gudson despertó con un pitido constante en los oídos. Luz blanca. Olor a hospital. Tenía el cuerpo vendado y la cabeza pesada.
—Tuvo suerte de vivir —dijo una voz cercana.
Gudson cerró los ojos un segundo y luego los abrió con dificultad.
—No fue suerte —murmuró—. Fue un mensaje.
Miró al techo, recordando la fuerza, la facilidad con la que había sido derrotado.
—Redman no es un hombre común —susurró—. Es un superhumano.
El miedo le apretó el pecho, no por él.
—La vida de Lyra Black… —dijo con voz grave— corre un grave peligro.
Y esta vez, no estaba seguro de llegar a tiempo.