Una semana antes de que Lyra Black recuperara la libertad, Luis Los Santos estaba sentado solo en una habitación sin ventanas. El informe estaba sobre la mesa, abierto, con fotografías que no necesitaba volver a ver. El nombre de su hermana aparecía en cada página como una herida que no cerraba.
Sabrina Los Santos. Fallecida.
Luis apretó los puños. No lloró. Ya había pasado esa etapa. Lo que quedaba era algo más frío, más pesado.
—La mujer que la mató saldrá libre —dijo una voz desde la sombra.
Luis alzó la mirada. Un hombre con traje oscuro avanzó un paso.
—¿Y qué se supone que haga con eso? —respondió Luis, sin emoción.
—Vengarla.
El silencio se estiró.
—Existe un protocolo —continuó el hombre—. No oficial. No legal. El Protocolo Alfa. Creamos armas humanas para misiones que el sistema no puede ejecutar.
Luis rió, sin humor.
—¿Y qué quieren a cambio?
—Tu vida —respondió el hombre—. Tal como la conoces.
Luis bajó la mirada al expediente una última vez.
—Ya la perdí.
Horas después, el laboratorio era un infierno blanco. Inyecciones. Dolor insoportable. Gritos que nadie respondió. El cuerpo de Luis se retorcía mientras algo nuevo se abría paso en su sangre, reescribiéndolo todo: fuerza, resistencia, reflejos más allá de lo humano.
Cuando despertó, ya no era el mismo.
—Bienvenido —dijo la voz—. Desde ahora eres Alfa-001.
Luis se puso de pie. El mundo parecía más lento. Más frágil.
—Tu primera misión —continuó el hombre—. Vengar la muerte de Sabrina Los Santos.
Alfa-001 no dudó.
No preguntó nombres.
No pidió detalles.
Solo una cosa cruzó su mente:
Lyra Black.
Y esta vez, no habría juicio.