El teléfono vibró sobre la mesa de la cocina. Lyra lo miró con desconfianza: número no registrado. Durante un segundo pensó en no atender, pero algo —intuición, tal vez— la obligó a deslizar el dedo.
—¿Hola?
—¿Lyra? —dijo una voz conocida, firme—. No sabes lo feliz que estoy de escucharte.
Lyra se quedó inmóvil.
—¿Miresa…?
—En persona y viva —respondió ella, con una risa breve—. Me enteré de que saliste. Lo siento por no llamarte antes.
Lyra cerró los ojos, aliviada.
—Pensé que no querrías volver a hablar conmigo después de… todo.
Hubo un silencio corto, sincero.
—Sé que lo de Sabrina fue un accidente —dijo Miresa—. Yo estaba ahí. Vi tu cara. Nadie que quiera matar mira así.
Lyra tragó saliva.
—Gracias.
—En un par de días estaré en San Diego —continuó Miresa—. Quiero verte. En persona. Como antes.
Lyra sonrió por primera vez en horas.
—Te estaré esperando.
Colgó y apoyó la frente contra la mesa. Por un instante, el peso del pasado pareció aflojarse.
Muy lejos de allí, en Nueva York, el cielo estaba cubierto.
Luis Los Santos caminó solo entre las lápidas del cementerio. El viento movía los árboles y hacía crujir las hojas secas bajo sus botas. Se detuvo frente a una piedra simple, recién limpiada.
Sabrina Los Santos.
Se arrodilló lentamente.
—Perdóname —susurró—. No pude protegerte.
Su mano tembló al tocar la lápida, pero su voz se endureció.
—Te lo juro —continuó—. No quedará impune.
Se puso de pie. Sus ojos ya no eran los mismos. Había algo nuevo en ellos: una calma peligrosa, artificial.
—Lyra Black va a pagar —dijo—. Y también todos los que ama.
El viento sopló con más fuerza.
Bajo su nueva identidad, Luis Los Santos ya no existía.
Ahora era REDMAN.
Y la cacería había comenzado.