El sol caía lento sobre San Diego, tiñendo las calles de un naranja engañosamente pacífico. Lyra caminaba junto a Rose, intentando acostumbrarse al ritmo de la ciudad que había dejado cinco años atrás. El murmullo del tráfico, el olor a comida callejera, las risas lejanas… todo parecía normal. Demasiado normal.
Fue Rose quien se detuvo primero.
—Lyra… —dijo en voz baja.
Lyra siguió su mirada.
En la pared lateral de un edificio abandonado, todavía húmedo, había un mensaje escrito con trazos violentos, irregulares. No hacía falta acercarse para entender con qué había sido escrito.
VOY POR TI
La sangre goteaba lentamente, marcando el suelo.
Lyra sintió cómo el estómago se le cerraba. No dijo nada. No podía. Su nombre no estaba escrito, pero no hacía falta. El mensaje era personal. Íntimo. Una promesa.
—Vámonos —susurró Rose, agarrándole el brazo.
El camino de regreso a casa fue silencioso. Demasiado rápido. Demasiado largo. Al cerrar la puerta, Rose encendió el televisor con manos temblorosas.
Las noticias interrumpían la programación habitual.
—Última hora —decía la presentadora—. En las últimas horas se han registrado múltiples muertes violentas en distintos puntos de San Diego. Las autoridades no descartan que se trate de un solo responsable.
Las imágenes mostraban calles acordonadas, luces policiales, bolsas negras siendo cargadas en silencio.
Lyra se dejó caer en el sofá.
El mensaje.
Las muertes.
La coincidencia era imposible de ignorar.
—No es una amenaza vacía —murmuró Rose.
Lyra apretó los puños.
—No —respondió—. Es un anuncio.
Y por primera vez desde que recuperó la libertad, Lyra entendió que el pasado no había terminado con su condena.
Solo había estado esperando.