El teléfono de Lyra vibró cuando el sol empezaba a caer, tiñendo San Diego de un naranja inquietante. Al ver el nombre en la pantalla, sintió un alivio inmediato, casi doloroso.
—¿Miresa? —respondió, conteniendo la sonrisa.
—Ya estoy en San Diego —dijo la voz al otro lado, firme y alegre—. Voy en camino a tu casa.
El corazón de Lyra dio un salto.
—No sabes cuánto me alegra escucharte… pero escúchame bien —añadió enseguida—. Ten cuidado. Hay un loco suelto, alguien está matando personas. No es una exageración.
Hubo un breve silencio.
—Entonces llego en el momento justo —respondió Miresa—. No te preocupes, estaré alerta.
Lyra colgó y miró a Rose.
—Es ella. Ya llegó.
Decidieron salir para encontrarse en el parque cercano, como si el aire abierto pudiera aliviar la tensión que se había instalado en la casa. Apenas cruzaron la puerta, el sonido de un motor frenando las detuvo.
Un taxi amarillo se estacionó frente a la vereda.
La puerta trasera se abrió.
Miresa descendió con una sonrisa cansada, mochila al hombro, los ojos recorriendo el lugar con atención automática. Durante un segundo nadie se movió. Luego Lyra corrió hacia ella.
El abrazo fue fuerte, largo, casi desesperado. No hubo palabras al principio, solo respiraciones agitadas y el alivio de comprobar que seguían vivas.
—Pensé que tardarías más —dijo Lyra al separarse.
—No iba a esperar —respondió Miresa—. No después de todo.
Rose se unió al abrazo y, sin decir nada más, las hizo entrar a la casa. Cerró la puerta con llave, como si ese gesto pudiera sellar el mundo exterior.
Dentro, Lyra comenzó a contarle todo: la prisión, la libertad, los mensajes escritos con sangre, el nombre de Redman, la advertencia de Gudson. Miresa escuchó en silencio, con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
—Entonces no es solo un asesino —dijo finalmente—. Es alguien que viene por ti.
Lyra asintió.
Afuera, la noche caía lentamente sobre San Diego.
Y sin que ellas lo supieran, no estaban tan solas como creían.