El patio trasero de la casa se había transformado en un improvisado campo de entrenamiento. El suelo estaba marcado por pisadas repetidas, el aire cargado del olor a sudor y esfuerzo. Miresa no daba tregua.
—Más rápido —ordenó, con la voz firme—. No pienses, reacciona.
Lyra lanzó un golpe que fue desviado al instante. El contraataque de Miresa la obligó a retroceder, a clavar los pies y sostener el equilibrio. Cada movimiento era corregido, cada error señalado sin suavidad.
—Si ese asesino te encuentra —continuó Miresa—, no va a darte tiempo a dudar.
Lyra apretó los dientes y asintió. El entrenamiento era brutal, mucho más exigente que cualquier rutina que hubiera seguido antes del torneo. No era preparación deportiva: era supervivencia.
Tras una hora que pareció eterna, Miresa levantó la mano.
—Descanso.
Ambas se dejaron caer en el césped, respirando con dificultad. El silencio duró unos segundos, hasta que Lyra habló.
—Después de Sabrina… pensé que nunca volvería a pelear —dijo, mirando el cielo—. En prisión juré que iba a dejar todo esto atrás.
Miresa bajó la mirada.
—Yo también quise hacerlo. Me alejé de los torneos, del combate, de todo. Creí que así estaría a salvo… pero solo estaba huyendo.
Lyra tragó saliva.
—Nos cambió la vida a todas.
—Sí —respondió Miresa—. Y ahora estamos de vuelta en lo mismo que queríamos abandonar. No por gloria, no por dinero… sino para seguir vivas.
Se miraron en silencio, compartiendo un entendimiento que no necesitaba más palabras. El pasado pesaba, pero también las había endurecido.
Miresa se puso de pie y extendió la mano.
—Levántate. El descanso terminó.
Lyra la tomó, se incorporó y volvió a adoptar la guardia.
El entrenamiento continuó, más intenso que antes, mientras el sol descendía lentamente. Cada golpe, cada caída, era una promesa silenciosa: esta vez, ninguna de las dos pensaba perder.