Lyra Black Vol.2

CAPITULO 01

El eco de la última puerta cerrándose detrás de ellas marcó el final de la visita. Lyra caminaba junto a Rose por el pasillo principal de la prisión cuando sintió que su amiga reducía el paso.

—Acompáñame —pidió Rose con un tono que no admitía preguntas.

Lyra la siguió hasta la recepción. El lugar estaba casi vacío, iluminado por una luz blanca y cansada. Rose se detuvo frente al mostrador, apoyó ambas manos sobre la superficie y habló con absoluta claridad.

—Quiero pagar la fianza de Antonella Vega.

El guardia levantó la vista con gesto automático, pero al escuchar el nombre tecleó unos segundos en el sistema. Sus cejas se arquearon con sorpresa.

—La fianza es de un millón de dólares —dijo, casi con incredulidad—. Es imposible.

Rose no discutió. Sacó su tarjeta lentamente y la colocó sobre el mostrador.

—No lo es —respondió—. Proceda.

El guardia dudó un instante antes de tomarla. Pasaron segundos interminables mientras el sistema procesaba el pago. Lyra contenía la respiración. Finalmente, la pantalla emitió un sonido seco.

Pago aprobado.

El guardia miró a Rose como si acabara de presenciar algo irreal.

—Espere aquí —dijo, levantándose—. Ordenaré su liberación.
En la zona de celdas, Antonella estaba sentada en el borde de su litera cuando un guardia apareció frente a ella.

—Vega —gruñó—. De pie.

No hubo explicaciones. La tomó del brazo con brusquedad y la hizo caminar por los pasillos sin permitirle preguntar nada. El corazón de Antonella latía con fuerza; el miedo y la confusión se mezclaban en cada paso.

Cuando cruzaron la última puerta y salieron al exterior, la luz del día la obligó a entrecerrar los ojos.

Entonces la vio.

Lyra estaba allí, de pie, esperándola. La misma Lyra con la que había hablado apenas cinco minutos atrás, separadas por un vidrio.

—¿Lyra…? —susurró Antonella, incrédula.

Lyra sonrió.

—No fui yo —dijo—. Fue mi mejor amiga.

Antonella giró la cabeza. Rose estaba a unos pasos, observándola con una expresión tranquila, como si lo que acababa de hacer no fuera un milagro.

Antonella no dijo nada. Caminó hacia ella y la abrazó con fuerza. Las lágrimas brotaron sin control.

—Gracias… —sollozó—. No sé cómo agradecerte esto.

—Viviendo —respondió Rose con suavidad—. Eso es suficiente.

Las tres se alejaron juntas de la prisión, dejando atrás rejas, muros y años de encierro. Para Antonella, el mundo volvía a empezar. Y para Lyra y Rose, aquel acto marcaría el primer movimiento de una historia que aún estaba lejos de terminar.




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