Lyra Black Vol.2

CAPITULO 03

Oliver Miller no levantó la voz. No lo necesitó. El silencio que impuso en la sala fue más pesado que cualquier grito.

—¿Sabes lo que hiciste? —preguntó, de espaldas, mirando por la ventana.

Rose permanecía de pie, con las manos crispadas a los costados. El sol de la tarde entraba débilmente, como si incluso la casa dudara en iluminar aquel momento.

—Liberé a una mujer inocente —respondió ella, con firmeza contenida—. Usé el dinero para una buena causa, tal como dije.

Oliver giró lentamente. En su rostro no había furia, sino algo peor: decepción.

—Dijiste que era para una buena causa —repitió—, no para sacar a una criminal de prisión.

—¡No es una criminal! —alzó la voz Rose por primera vez—. No cometió el crimen del que la acusaron. Yo la conozco. Lyra la conoce. Pasó años encerrada por algo que no hizo.

Oliver negó con la cabeza, cerrando los ojos un instante, como si aquella explicación le resultara inútil.

—No entiendes la magnitud de lo que hiciste —dijo—. Un millón de dólares, Rose. Mi dinero. El dinero de esta familia.

Ella dio un paso al frente.

—Es dinero que puede volver a ganarse. Una vida no.

Entonces Oliver cambió. Su expresión se endureció y su voz tomó un tono más bajo, más cruel.

—Tu madre estaría profundamente decepcionada de ti.

Las palabras cayeron como un golpe seco.

Rose sintió que el aire le abandonaba los pulmones.

—No uses a mamá —susurró—. No tienes derecho.

—Ella jamás habría apoyado esto —continuó Oliver, sin detenerse—. Jamás habría liberado a alguien acusada de asesinato.

Rose lo miró, con los ojos humedecidos pero llenos de rabia.

—Tú no conoces a la mujer que liberé —dijo—. Yo sí. Antonella es inocente. Y si mamá estuviera aquí… habría hecho exactamente lo mismo que yo.

El silencio volvió a instalarse, denso, irreversible.

Rose no esperó respuesta. Giró sobre sus talones y subió las escaleras con pasos rápidos, casi temblorosos. Al cerrar la puerta de su habitación, el mundo exterior quedó atrás, pero el dolor no.

Se dejó caer sobre la cama y tomó su teléfono con manos inseguras. La pantalla se encendió mostrando un mensaje nuevo.

Iris.
"Rose, amor, estoy armando un voluntariado grande. Cuba primero. Vamos a llevar comida, atención médica y agua. Después seguimos a Nigeria, Senegal, Cabo Verde y cerramos en Haití. Seríamos cuatro personas. ¿Te sumas?"

Rose leyó el mensaje dos veces. Sintió que algo dentro de ella, aún roto, encontraba una pequeña grieta por donde respirar.

Ayudar. Estar lejos. Hacer algo que tuviera sentido.

Miró alrededor de su habitación, el mismo lugar donde había crecido, y comprendió que necesitaba salir de allí.

Escribió una respuesta breve, decidida.

"Cuenta conmigo".

Dejó el teléfono a un lado y cerró los ojos. Por primera vez desde la discusión, una idea le trajo calma: aún podía hacer el bien, incluso cuando nadie más lo entendiera.




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