Lyra Black Vol.2

CAPITULO 04

La mañana amaneció clara, casi demasiado tranquila para el torbellino de decisiones que Rose llevaba dentro. Se encontró con Iris en una cafetería pequeña, de esas donde el café sabe fuerte y las conversaciones importantes se dicen en voz baja. Iris llegó con gafas de sol grandes y una carpeta bajo el brazo, rebosante de papeles y entusiasmo.

—Entonces —dijo Iris, apenas se sentaron—, ya somos dos de cuatro.

Rose sonrió con una mezcla de alivio y nerviosismo.
—Bien. Eso lo hace real.

Iris abrió la carpeta y comenzó a enumerar destinos, contactos y fechas. Cuba era el primer punto del recorrido, luego África occidental y, finalmente, Haití. No hablaba como una modelo, sino como alguien que sabía exactamente lo que quería hacer.

—Pensé en invitar a Miresa —comentó Rose, removiendo su café—, pero regresó a Canadá después de todo lo de Redman. No quise molestarla.

—Tiene sentido —asintió Iris—. Entonces… ¿a quién más llevas?
Rose levantó la mirada, divertida.

—Eso tendrás que esperarlo un poco.

Iris arqueó una ceja, intrigada, pero no insistió.

—Está bien. Me gustan las sorpresas, mientras no cancelen vuelos.

Esa misma tarde, el sol caía lento sobre el parque cuando Rose se reunió con Lyra y Antonella. El lugar estaba lleno de niños jugando y gente caminando sin sospechar que, en un banco cercano, se estaba tomando una decisión que cambiaría el rumbo de las tres.

—Tengo algo que proponerles —dijo Rose, directa—. Un voluntariado. Ayuda humanitaria. Comida, atención médica, agua. Empezamos en Cuba y después seguimos por varios países.

Lyra no dudó.

—Acepto.

La respuesta fue tan inmediata que Rose sonrió sin darse cuenta. Antonella, en cambio, bajó la mirada. Sus manos se entrelazaron con inseguridad.

—No lo sé… —murmuró—. Acabo de salir. No quiero problemas. No quiero sentir que doy un paso en falso y todo vuelve a romperse.

Lyra se giró hacia ella, con suavidad.

—Justamente por eso —le dijo—. No sería una huida ni un castigo. Serían vacaciones en libertad, no en prisión. Aire nuevo. Gente nueva. Una oportunidad de hacer algo bueno… sin rejas.

Antonella levantó la vista. En sus ojos había miedo, pero también algo que no sentía desde hacía años: ilusión.

—¿De verdad crees que puedo? —preguntó.

—Lo sé —respondió Lyra—. Y no estarás sola.

Antonella respiró hondo. Luego asintió, casi temblando.
—Está bien… voy.

Rose soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo y se levantó del banco para abrazarlas a ambas.

—Entonces ya somos cuatro.

Mientras el sol se escondía, las tres permanecieron allí un rato más, hablando de viajes, de lo desconocido y de la extraña paz que nace cuando, por fin, el futuro deja de dar miedo.




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