El sol de Cuba caía con fuerza, pero nada podía opacar la energía que las cuatro traían consigo. Desde temprano, Lyra, Rose, Antonella e Iris comenzaron la jornada repartiendo comida, agua y medicinas. Cada bolsa que entregaban era un alivio palpable para las familias que las recibían: madres agradecidas con niños en brazos, ancianos que apenas podían caminar pero que sonreían con lágrimas en los ojos, jóvenes que habían perdido todo y ahora veían un destello de esperanza.
—Miren esto —dijo Rose mientras entregaba un paquete de arroz a una mujer—. ¡Es suficiente para una semana!
—Y un poco más —respondió Lyra, asegurándose de que cada niño recibiera también una botella de agua.
Las horas pasaban rápidas. Se desplazaban en camionetas, entrando a barrios estrechos, callejones polvorientos y plazas llenas de vida, donde la risa de los niños se mezclaba con los sonidos de la ciudad. Más de cien familias recibieron asistencia directa ese día. Cada agradecimiento era una chispa que les recordaba por qué habían hecho aquel viaje.
Pero no todo era trabajo. Entre entregas y visitas, las chicas encontraban momentos para explorar. Pasearon por las calles de La Habana Vieja, admirando los edificios coloniales pintados de colores vivos y los coches antiguos que parecían detenidos en el tiempo. Antonella se quedó maravillada con los murales y la música que brotaba de cada esquina, mientras Lyra intentaba seguirle el ritmo a los bailarines de salsa que improvisaban frente a la plaza.
—Nunca pensé que algo tan duro pudiera ser también tan hermoso —comentó Antonella, sonriendo mientras veía a los niños jugar con las cajas de donaciones vacías.
Iris y Rose se perdieron entre risas enseñando a los niños a dibujar y a jugar con pelotas que habían llevado. Lyra se acercó a un grupo de hombres que estaban reparando techos con lo que habían traído de ayuda y, sin pensarlo, comenzó a colaborar, levantando vigas y cargando sacos de cemento bajo el sol abrasador.
Al caer la tarde, las chicas se sentaron juntas en la playa. Las olas rompían suavemente, y la brisa traía un aire de libertad que ninguna de ellas había sentido desde hacía mucho tiempo. Lyra cerró los ojos y respiró profundo, dejando que la arena se filtrara entre sus dedos.
—Hicimos mucho hoy —dijo Rose—. Pero todavía queda mucho por hacer.
—Sí —asintió Lyra—, y aún así, no puedo creer lo hermoso que es este lugar.
Antonella sonrió, observando el horizonte. Por primera vez en años, sentía que la vida podía ser más que paredes de prisión y amenazas constantes. Aquí, rodeada de risas, música y esperanza, empezaba a comprender que la libertad no era solo ausencia de rejas, sino la posibilidad de dar y recibir con el corazón abierto.
Cuando la noche cayó, las luces de la ciudad brillaban en la distancia y el sonido del mar llenaba el silencio. Las cuatro sabían que aquel era solo el primer día de muchas jornadas por delante, pero también comprendieron que juntas podían enfrentar cualquier desafío, mientras la vida, con toda su dureza y belleza, continuara fluyendo a su alrededor.