Lyra Black Vol.2

CAPITULO 07

El laboratorio subterráneo del Protocolo Alfa estaba en silencio, un silencio denso, casi reverencial. Las luces blancas caían desde el techo como bisturíes luminosos, reflejándose en el acero y el vidrio. En el centro de la sala, el doctor Jan-ho observaba su creación con una mezcla de orgullo y frialdad científica.

—La versión final —dijo con voz calma—. Sin margen de error.

Frente a él, un guardia de seguridad de la empresa de Steven Douglas permanecía de pie, inmóvil, con la mirada fija en el vacío. Alrededor de su cuello, el collar metálico emitía un leve resplandor azul, casi imperceptible, como si respirara.

Steven Douglas cruzó los brazos, incrédulo pero expectante.
—Demuéstremelo.

Jan-ho asintió. Dio un paso al frente y habló con claridad.
—Arrodíllate.

El guardia no dudó. Sus rodillas tocaron el suelo con un golpe seco, sin resistencia, sin pregunta alguna. No había miedo en su rostro, ni confusión. Solo obediencia absoluta.

—Levántate —ordenó Jan-ho.

El cuerpo respondió de inmediato, como una marioneta perfecta.

Steven frunció el ceño.

—¿Y si intenta resistirse?

Jan-ho esbozó una leve sonrisa.

—No puede.

El científico presionó un botón en la tableta que sostenía.
—Camina hacia la pared.

El guardia avanzó hasta quedar a pocos centímetros del concreto.

—Detente.

Se detuvo.

—Golpéala.

El puño chocó contra la pared una y otra vez, hasta que la piel comenzó a romperse y la sangre a deslizarse por los nudillos. El guardia no emitió un solo sonido. No gritó. No se quejó.

Steven dio un paso atrás, perturbado.

—Basta.

Jan-ho pulsó otro comando. El guardia se quedó quieto, respirando con normalidad, como si nada hubiera ocurrido.

—No existe orden que pueda rechazar —continuó Jan-ho—. El collar anula la voluntad, reescribe prioridades, elimina el conflicto interno. No importa el amor, la moral o el miedo. Todo queda subordinado.

Steven Douglas sonrió por primera vez en semanas. Una sonrisa lenta, peligrosa.

—Entonces no necesitamos encontrar a otro sujeto —dijo—. Ya tenemos al arma perfecta.

Se dio la vuelta y caminó hacia la ventana blindada desde la que se veía el resto de la instalación.

—Inicien la fase final del plan —ordenó—. Capturen a Bloodshoot.

Jan-ho inclinó la cabeza, satisfecho.

Minutos después, en una sala contigua, un grupo táctico comenzaba a equiparse en silencio. Trajes negros, armas no letales de alta potencia, dardos especializados. Ninguno hablaba, pero todos sabían a quién iban a cazar.

Nueva Jersey aparecía proyectada en una pantalla holográfica, con un punto rojo parpadeando sobre ella.

Steven Douglas observó el mapa con frialdad absoluta.

—Tráiganmelo con vida —dijo—. A partir de hoy, Bloodshoot dejará de ser un hombre… y se convertirá en nuestra herramienta.




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