Lyra Black Vol.2

CAPITULO 08

El último día en Cuba amaneció cálido y brillante, con el sol acariciando las calles de La Habana y el aroma de la comida recién hecha flotando en el aire. Después de una semana intensa repartiendo ayuda y asistencia a más de cien familias, Lyra, Rose, Antonella e Iris decidieron permitirse un pequeño descanso antes de partir hacia el siguiente destino: Nigeria.

Las cuatro caminaron por las calles empedradas, dejándose llevar por la música local que brotaba de cada esquina: tambores, guitarras, y voces que cantaban con alegría, a pesar de las dificultades que la vida les presentaba. Rose comenzó a mover los pies al ritmo de la salsa, Antonella se sonrió tímidamente, Lyra se dejó llevar con movimientos cortos pero llenos de energía, mientras Iris reía, tratando de seguirles el paso.

Se detuvieron en un pequeño café donde compraron batidos de frutas tropicales y compartieron historias con los lugareños, quienes las observaban con curiosidad y gratitud. Entre risas y charlas, las chicas recordaron los momentos más difíciles de la semana, los niños que habían visto sonreír después de semanas de hambre, y las familias que finalmente tenían algo que comer. Cada pequeño gesto que habían hecho parecía cobrar vida en las miradas agradecidas que encontraban a su paso.

—No puedo creer que hayamos logrado tanto en tan poco tiempo —dijo Lyra, mientras observaba a un grupo de niños jugando con cajas vacías de donaciones, improvisando con imaginación y alegría.

—Fue increíble —asintió Antonella, con una sonrisa genuina—. Nunca pensé que pudiera sentirme tan bien haciendo algo así.
Rose levantó la vista hacia el cielo y suspiró.

—Y pensar que aún nos queda mucho más por hacer… pero por hoy, disfrutemos un poco.

Con una última caminata por la playa, sintiendo la arena entre los dedos y dejando que el sonido de las olas calmara su mente, las chicas respiraron profundamente, sabiendo que Cuba les había dado más de lo que ellas podían dar.

Poco después, subieron al helicóptero que las esperaba junto al avión de carga. Las aspas comenzaron a girar, levantándolas del suelo y dejándolas sobrevolar la isla por última vez. Desde arriba, las calles, los techos coloridos y el mar azul se veían más pequeños, pero el impacto de su trabajo parecía gigante en sus corazones.

—Hasta pronto, Cuba —dijo Iris, mirando por la ventanilla—. Fue una experiencia que nunca olvidaremos.

—Definitivamente —asintió Lyra, entre risas y miradas cómplices con Antonella y Rose—. Y ahora, rumbo a Nigeria.

El helicóptero se elevó en el aire, dejando atrás el país que las había recibido con los brazos abiertos, mientras las chicas conversaban, reían y compartían la felicidad de haber ayudado a tantas personas, con la certeza de que aún quedaba mucho camino por recorrer.




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