Lyra Black Vol.2

CAPITULO 09

La tarde en Nueva Jersey parecía tranquila, casi engañosa. William y Vanessa caminaban sin prisa por una avenida arbolada, hablando de cosas simples: una cena pendiente, un viaje que nunca habían planeado del todo, la ilusión frágil de una normalidad que ambos sabían prestada.

—Deberíamos aprovechar más estos momentos —dijo Vanessa, entrelazando sus dedos con los de él—. Nunca sabemos cuándo…

No terminó la frase.

El aire se tensó de golpe. William lo sintió primero: ese instinto que no se apaga, que le recorría la espalda como una descarga eléctrica. Un ruido seco, metálico, resonó detrás de ellos.

—Vanessa… —murmuró— aléjate de mí.

Demasiado tarde.

Desde ambos lados de la calle surgieron figuras vestidas de negro, armadas, con cascos tácticos y visores opacos. Se movían con precisión militar, cerrando el perímetro en segundos. El Protocolo Alfa había llegado.

—Contacto visual con el objetivo —dijo una voz amplificada—. Procedan.

William empujó a Vanessa hacia atrás justo cuando el primer disparo rompió el silencio. No era una bala común. Él lo sabía. Avanzó como un animal herido, rápido, brutal. El primer soldado cayó con un golpe seco en el pecho; el segundo fue lanzado contra un coche estacionado, hundiendo la puerta con un estruendo.

—¡William! —gritó Vanessa.

Él no respondió. Ya no podía.

El combate fue feroz. William se movía entre ellos como una sombra roja y negra, rompiendo armas, desarmando cuerpos, usando el entorno como extensión de su fuerza. Un soldado intentó disparar; William le torció el brazo hasta oír el crujido del hueso. Otro fue estampado contra el asfalto con tal violencia que dejó de moverse.

Pero eran muchos. Demasiados.

Desde una azotea cercana, un tirador apuntó con calma. El dardo salió silbando por el aire.

William apenas tuvo tiempo de girarse.

El proyectil se clavó en su cuello.

Sintió el frío primero. Luego el peso. Sus piernas fallaron, la vista se le nubló. Trató de avanzar hacia Vanessa, pero otro dardo impactó en ella antes de que pudiera alcanzarla. Vanessa cayó de rodillas, confundida, aterrada, y luego al suelo.

—No… —susurró William, cayendo junto a ella—. Vanessa…
El mundo se apagó.

Cuando despertó parcialmente, apenas consciente, sintió el roce del metal bajo sus muñecas y el peso de un collar frío cerrándose alrededor de su cuello. Intentó resistirse, pero su cuerpo ya no respondía.

—Objetivo asegurado —dijo una voz—. El sujeto está inconsciente.

Un comunicador crepitó.

—Aquí equipo Alfa —informaron—. Vamos en camino con el sujeto Alfa-1000.

Al otro lado de la línea, la voz de Steven Douglas respondió con calma absoluta:

—Perfecto. Tráiganmelo. A partir de ahora… el arma más peligrosa del mundo nos pertenece.

La camioneta se cerró con un golpe seco, alejándose en la noche de Nueva Jersey, mientras William Clark, Bloodshoot, era arrastrado hacia el destino que ni siquiera su amor por Vanessa estaba a punto de poder detener.




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