Nigeria las recibió con un calor intenso y un cielo inmenso, abierto, como si el país respirara a otro ritmo. Apenas descendieron, Lyra, Rose, Antonella e Iris comprendieron que el desafío sería aún mayor que en Cuba. La necesidad era más visible, más urgente, pero también lo era la fuerza de la gente.
Desde el primer día comenzaron el trabajo sin descanso. El avión de carga descargó cajas repletas de alimentos, medicinas, filtros de agua y material médico. Las chicas se dividieron las tareas con naturalidad, como si llevaran años haciéndolo juntas. Lyra ayudaba a descargar y organizar, levantando peso bajo el sol inclemente; Antonella se encargaba de repartir alimentos y registrar a las familias; Rose coordinaba con los voluntarios locales; Iris asistía en los puestos médicos improvisados.
Más de doscientas familias recibieron ayuda directa. Cada entrega venía acompañada de palabras suaves, sonrisas, manos que se estrechaban con fuerza. Había niños con los ojos demasiado grandes para sus rostros, ancianos que agradecían en silencio, madres que rompían en llanto al ver una bolsa de comida suficiente para varios días.
—Gracias… que Dios las bendiga —repitió una mujer, apretando las manos de Lyra.
Lyra sintió un nudo en el pecho. Aquello no se parecía en nada a los torneos ni a la violencia que había marcado su pasado. Aquí, cada gesto tenía un peso distinto, más real.
Durante los descansos, el país también les mostró su otra cara. Caminaron por mercados llenos de colores, telas vibrantes y aromas intensos. Probaron platos locales, rieron al intentar aprender palabras en otros idiomas y se dejaron llevar por la música que surgía espontánea, marcada por tambores y palmas.
—Este lugar tiene una energía increíble —dijo Iris, observando una danza improvisada en la calle.
—Sí —respondió Antonella—. Dura… pero viva.
Una tarde, se sentaron bajo la sombra de un árbol enorme, compartiendo agua y silencio. Rose las miró una a una, con una sonrisa cansada pero sincera.
—No sé qué venga después —dijo—, pero sé que esto… esto está valiendo la pena.
Lyra cerró los ojos por un momento, dejando que el viento le refrescara el rostro. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía culpa ni miedo, solo la certeza de estar haciendo algo correcto.
Cuando partieron de Nigeria, lo hicieron con el cuerpo agotado y el corazón lleno. Sabían que el camino aún era largo —Senegal, Cabo Verde, Haití—, pero también que cada paso las alejaba un poco más de sus sombras… sin saber que, al otro lado del mundo, una amenaza mucho más oscura ya había puesto los ojos sobre ellas.