Lyra Black Vol.2

CAPITULO 11

El muelle estaba envuelto en una neblina espesa, iluminado apenas por focos amarillos que parpadeaban sobre el agua negra. El sonido de las olas chocando contra la madera marcaba un ritmo lento, inquietante. Steven Douglas permanecía de pie, con las manos detrás de la espalda, mientras Jan-ho revisaba una tableta con calma quirúrgica.

—Llegan tarde —murmuró Steven, sin apartar la mirada del horizonte.

Las luces de varios vehículos aparecieron al final del muelle. Un grupo de fuerzas especiales descendió de una camioneta blindada. Entre ellos, sostenido como un trofeo peligroso, estaba William Clark. Inconsciente. Esposado. Derrotado.

—Objetivo entregado —dijo el comandante—. Tal como prometió.

Steven hizo un gesto a uno de sus hombres. Un maletín fue abierto y el pago cambió de manos. Sin palabras de agradecimiento. Sin ceremonias.

William fue llevado al interior de un almacén abandonado. Lo ataron a una silla metálica anclada al suelo. Jan-ho se acercó con un traje doblado entre sus brazos: verde y amarillo, ajustado, con una B y una D negras marcadas en el pecho.

—Qué ironía —dijo Steven—. Un símbolo para el hombre que ya no decidirá nada.

Minutos después, William despertó sobresaltado.
—¿Dónde estoy? —preguntó con voz ronca—. ¿Dónde está Vanessa?

Steven se inclinó frente a él.

—Estás donde siempre debiste estar. Y tu novia… está a salvo. Por ahora.

—¿Quién eres? —gruñó William, tensando los músculos contra las ataduras—. ¿Qué quieren de mí?

—Orden —respondió Steven con calma—. Algo que tú nunca entendiste.

Jan-ho se acercó con el collar metálico, frío, brillante.
—Bienvenido al Protocolo Alfa, Bloodshoot.

El collar descendió hacia su cuello.

William reaccionó con furia. Las ataduras cedieron con un estallido metálico y se lanzó contra Steven, lleno de rabia.

—¡No me usarán! —rugió.

—Detente —ordenó Jan-ho, con voz firme.

El cuerpo de William se congeló en el acto. Sus músculos se tensaron… y obedecieron. Sus ojos, llenos de ira, quedaron fijos en el vacío.

Steven sonrió, satisfecho.

—Funciona a la perfección.

Se incorporó y miró a Jan-ho.

—Envíalo a eliminar al responsable de la caída de Redman.

Jan-ho tecleó en su dispositivo. Los ojos de William se apagaron un segundo… y luego se llenaron de una obediencia artificial.

—Misión asignada —dijo Jan-ho.

Poco después, Bloodshoot subía a un helicóptero. Las aspas comenzaron a girar y la nave se elevó en la noche, llevándolo lejos, convertido en un arma sin voluntad.

Mientras tanto, en una camioneta estacionada a pocos metros, Vanessa permanecía atada y amordazada. Steven abrió la puerta y se sentó frente a ella.

—Tranquila —dijo con falsa suavidad—. No te pasará nada.
Vanessa lo miró con odio.

—Eres un monstruo —logró decir—. Usarlo así… convertirlo en un arma…

Steven suspiró, como si estuviera cansado de explicar lo obvio.
—Yo no lo uso —respondió—. Yo lo perfecciono. El mundo necesita armas que no duden.

Se levantó y cerró la puerta.

—No serás libre —añadió desde fuera—. Has visto demasiado.

La camioneta arrancó, perdiéndose en la oscuridad, mientras en el cielo el helicóptero de Bloodshoot se alejaba, llevando consigo no solo a un superhumano… sino a un hombre que estaba siendo borrado pieza por pieza.




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