Lyra Black Vol.2

CAPITULO 12

Dos días después, Nigeria seguía ofreciéndoles su mezcla de belleza y crudeza. Las chicas caminaban por una ciudad vibrante, llena de colores, mercados abiertos y voces que se superponían unas a otras. Era su último día allí, y querían grabarlo en la memoria antes de partir rumbo al siguiente destino.

El sonido lejano de un helicóptero cortó el aire.

—¿Escuchan eso? —preguntó Iris, alzando la vista.

Un helicóptero apareció en el cielo, descendiendo con lentitud. No era raro ver aeronaves sobrevolando la zona, así que nadie le dio demasiada importancia. Continuaron caminando, riendo, sacando fotos, hablando de lo que vendría después.

Hasta que el mundo se volvió violencia.

Un estruendo sacudió la calle. Un automóvil salió despedido desde la distancia y se estrelló contra una fachada, explotando en metal y vidrio. Otro coche voló por encima de sus cabezas, girando en el aire como si fuera de papel.

—¡Corran! —gritó Rose, con la voz quebrada.

Las cuatro salieron disparadas, esquivando escombros y gritos, buscando refugio entre callejones y puestos volcados. El caos se extendía como una ola. La gente huía en todas direcciones.
Entonces lo vieron.

Entre el polvo y el humo avanzaba una figura imposible: un hombre con un traje verde y amarillo, marcado en el pecho por una B y una D negras. Caminaba despacio, sin prisa, mientras los autos parecían lanzarse solos contra él… y rebotaban, inútiles.

—No puede ser… —susurró Antonella.

Lyra sintió un frío recorrerle la espalda. Algo en aquella presencia era distinto. Pesado. Inhumano.

—Iris, Rose —dijo con rapidez, sin apartar la vista del sujeto—. Vuelvan al helicóptero. Ahora. Que el avión salga rumbo a Sudáfrica. No esperen.

—¿Qué? ¡Lyra, no! —protestó Rose.

—Por favor —insistió—. Confíen en mí.

Iris tomó del brazo a Rose y asintió, entendiendo que no había tiempo para discutir. Corrieron hacia el helicóptero.

Lyra y Antonella avanzaron juntas.

—Vamos a detenerlo —dijo Antonella, aunque su voz temblaba.
Atacaron primero. Golpes precisos, rápidos, todo lo que sabían hacer. Pero fue como golpear una montaña. El sujeto no se movió. No retrocedió. No reaccionó.

Un solo movimiento suyo bastó.

Lyra salió despedida contra el suelo. Antonella fue lanzada varios metros, rodando entre restos de concreto. Cada intento de levantarse se pagaba con otro impacto brutal. El traje no mostraba daño alguno. El hombre no hablaba. No respiraba agitado. Solo avanzaba.

—¡No podemos con él! —gritó Antonella, incorporándose con dificultad.

Lyra apretó los dientes. Lo entendió al instante.

—¡Al helicóptero! —ordenó.

Corrieron como nunca antes, con el sonido de pasos pesados persiguiéndolas. El suelo temblaba detrás de ellas. El helicóptero ya estaba encendiendo motores, las aspas girando con desesperación.

Saltaron dentro casi al mismo tiempo.

—¡Despegue ya! —gritó Iris desde la cabina.

La aeronave se elevó bruscamente. Desde el aire, Lyra alcanzó a ver al sujeto detenerse, mirándolas partir, inmóvil, imperturbable. Sus ojos no mostraban furia. Solo misión.

El helicóptero se alejó a toda velocidad, dejando atrás la ciudad herida.

Lyra respiraba con dificultad, el cuerpo dolorido, la mente en shock.

—Eso… eso no era normal —murmuró Antonella.

Lyra cerró los ojos un instante.

—No —respondió—. Y tengo la horrible sensación de que… no era un extraño.

Mientras el helicóptero ponía rumbo al cielo africano, ninguna de ellas sabía aún la verdad más cruel: que el monstruo que acababan de enfrentar tenía un nombre, un rostro… y que alguna vez había sido un héroe.




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