Sudáfrica las recibió con un paisaje abierto, vasto, donde la tierra parecía extenderse sin límites bajo un cielo inmenso. El helicóptero descendió levantando una nube de polvo, y apenas tocaron suelo, Lyra sintió que algo no estaba bien. No era miedo exactamente, sino una presión constante en el pecho, como si el peligro viajara con ellas.
—Tenemos que dividirnos —dijo Lyra, rompiendo el silencio—. Rose, Iris… ustedes sigan con el plan. Ayuden a la gente aquí. Nosotras iremos más adelante.
Rose frunció el ceño.
—¿Adelante? ¿Por qué?
Antonella respondió antes que Lyra pudiera hacerlo.
—Si ese tipo vuelve a aparecer, es mejor que lo haga lejos de la gente. Un descampado. Sin civiles.
Hubo un instante de duda. Iris miró a Rose, luego a Lyra. Finalmente asintió.
—Tienen razón. Nosotras nos quedamos aquí. Pero tengan cuidado… por favor.
Las cuatro se abrazaron rápido, con la urgencia de quienes saben que el tiempo no está de su lado. Rose e Iris se alejaron hacia la zona poblada, comenzando de inmediato a repartir ayuda, mientras Lyra y Antonella tomaban rumbo opuesto, internándose en un terreno abierto, seco, donde el viento arrastraba la arena y el silencio era casi absoluto.
Caminaron durante varios minutos sin hablar, hasta que Antonella rompió el mutismo.
—Este lugar es perfecto para detenerlo —dijo, observando el horizonte—. No hay edificios, no hay autos que pueda usar como armas. Si vuelve… será aquí.
Lyra asintió, pero su mente estaba en otro sitio. Cerró los ojos por un segundo, intentando reconstruir la escena en Nigeria. Los movimientos del atacante. La manera en que avanzaba sin dudar. La fuerza brutal, precisa. No era caos. Era técnica.
—No peleaba como un loco —murmuró—. Cada golpe tenía intención.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? —preguntó Antonella.
—Sí… —respondió Lyra, con el ceño fruncido—. He visto ese estilo antes. Esa fuerza. Esa resistencia.
Se detuvo en seco.
—No sé dónde —continuó—, pero lo conozco. Su manera de moverse… no es nueva para mí.
Antonella la miró con atención, una inquietud creciendo en su expresión.
—Eso significa que no estamos frente a un simple asesino —dijo—. Significa que sabe lo que hace.
El viento sopló con más fuerza, levantando polvo a su alrededor. El descampado parecía esperar algo… o a alguien.
Lyra apretó los puños.
—Si vuelve a aparecer —dijo con determinación—, aquí sabremos la verdad.
Y mientras ambas avanzaban hacia el corazón del terreno vacío, sin saberlo, se acercaban también al momento en que los recuerdos, las piezas sueltas y el horror de la verdad estaban a punto de encajar.