Cabo Verde las recibió con un mar sereno y un cielo engañosamente en calma. No había tiempo para contemplarlo. El recuerdo del descampado en Sudáfrica seguía demasiado fresco, y la sensación de estar siendo cazadas no abandonaba a ninguna de ellas.
Desde el primer momento, las chicas se movieron con una coordinación casi desesperada. Los suministros se repartieron sin pausas, las manos no dejaron de trabajar. Agua, alimentos, medicinas básicas. En pocas horas, más de cincuenta familias recibieron ayuda. No hubo ceremonias ni despedidas largas; solo miradas agradecidas y abrazos breves, conscientes de que algo oscuro se acercaba.
—Tenemos que irnos —dijo Lyra, mirando el horizonte más veces de las necesarias—. Si vuelve a encontrarnos aquí, no tendremos escapatoria.
Antonella asintió en silencio. Rose e Iris tampoco discutieron la decisión. Todas sentían esa presión invisible, como si el aire mismo anunciara peligro.
El helicóptero despegó antes del amanecer. El avión de carga lo siguió poco después. Cabo Verde quedó atrás, reducido a una línea difusa entre el cielo y el mar.
Horas más tarde, otro helicóptero rompió el silencio del archipiélago.
Bloodshoot descendió en una zona despejada, levantando arena y polvo con la fuerza de las hélices. Sus botas tocaron tierra y permaneció inmóvil durante unos segundos, analizando el entorno. No había rastros recientes. Ninguna señal de ellas.
Caminó entre los restos del campamento improvisado: cajas vacías, huellas borradas por el viento, silencio.
Nada.
Sus ojos se alzaron hacia el cielo. Por primera vez desde que el collar había tomado control de su mente, algo parecido a una duda cruzó su expresión. No podía fallar… pero tampoco tenía órdenes nuevas.
Sin decir una palabra, regresó al helicóptero. Las aspas volvieron a girar con violencia y la nave se elevó lentamente.
Bloodshoot partió de Cabo Verde.
Las chicas habían escapado una vez más, pero el mundo seguía siendo demasiado pequeño para ocultarse de alguien que no conocía el cansancio… ni la compasión.