Senegal las recibió con una calidez distinta, menos tensa, casi como un respiro concedido por el destino. El aterrizaje fue suave y, por primera vez en días, ninguna de ellas miró al cielo esperando ver un helicóptero hostil recortado contra las nubes.
La ayuda fluyó con más calma. Más de cien familias recibieron alimentos, agua potable y atención básica. Lyra cargó cajas junto a Antonella, ambas trabajando en silencio, mientras Rose organizaba a los voluntarios locales e Iris hablaba con los niños, arrancándoles risas que parecían borrar, aunque fuera por momentos, el miedo acumulado.
Allí no había prisa, solo necesidad y gratitud. Manos que se estrechaban con fuerza, palabras en idiomas distintos que aun así lograban entenderse. Por primera vez desde que el viaje comenzó, Lyra sintió que el peso en su pecho se aligeraba un poco.
Al caer la tarde, Senegal les mostró su otro rostro. Probaron comida local, platos llenos de aromas intensos y sabores nuevos. La música empezó como un murmullo lejano y terminó envolviéndolas por completo. Los tambores marcaban el ritmo y los cuerpos se movían sin pensar, dejándose llevar por una alegría simple y contagiosa.
Antonella rió como hacía tiempo no lo hacía. Rose giró sobre sí misma, olvidándose por un momento de responsabilidades y peligros. Iris, descalza sobre la tierra, aplaudía siguiendo el compás. Incluso Lyra, siempre alerta, se permitió sonreír y bailar, dejando que la noche la abrazara.
Cuando el cielo se oscureció por completo, llegó la despedida. No fue triste, sino serena. Senegal les había regalado paz, aunque fuera por unas horas.
El helicóptero despegó bajo un manto de estrellas. Desde el aire, las luces del país se hicieron pequeñas hasta desaparecer.
Las chicas se marcharon en silencio, cada una guardando en el corazón ese breve instante de normalidad, sin saber cuánto tiempo pasaría antes de que el peligro volviera a encontrarlas.