Haití se presentó ante ellas como un torbellino de colores, sonidos y olores. Desde que aterrizaron, el caos se mezclaba con la calidez de su gente, pero las chicas no perdieron tiempo.
Con una coordinación casi perfecta, comenzaron a distribuir alimentos, agua y medicinas. Cada caja entregada, cada cubeta de agua pasada de mano en mano, era un triunfo silencioso. Rieron entre ellas al ver a los niños correr con los recipientes de agua, empapándose y gritando de alegría, mientras Lyra tuvo que esquivar un pequeño charco que casi la derriba.
Más de trecientas familias recibieron ayuda esa tarde. Los recursos se agotaron, pero la satisfacción fue mayor que cualquier cansancio. Iris se frotó las manos cubiertas de tierra y exclamó:
—¡Bueno, eso fue todo! ¡Hemos acabado con todo!
Rose suspiró, secándose la frente con la manga:
—Y pensar que todavía nos queda un poco de energía para disfrutar…
Lyra sonrió, mirando a su alrededor mientras los niños y los adultos les agradecían con gestos y palabras.
Después de la última entrega, las chicas se dieron un merecido respiro. Callejones, plazas y mercados se llenaron de su risa mientras probaban la comida local, bailaban al ritmo de tambores y se dejaban llevar por la música callejera. Cada bocado y cada paso era una pequeña recompensa por los días agotadores que habían pasado.
El avión de carga que las había acompañado desde Nigeria despegó, rumbo a sus casas, dejando a las chicas libres en Haití, todavía con energía y ánimos de disfrutar, mientras la brisa marina acariciaba sus rostros y el sol empezaba a ponerse sobre el Caribe.
Por primera vez en mucho tiempo, se permitieron simplemente vivir el momento.