La celda de Vanessa estaba en silencio, salvo por el murmullo del ventilador en el techo y el goteo distante de algún tubo. Steven Douglas apareció sin previo aviso, con una bandeja cuidadosamente cubierta. Sobre ella descansaban un plato de salmón con arroz, una ensalada de pollo, lechuga y tomate, y una copa de vino tinto fino, como si tratara a una invitada de alta clase en lugar de a una prisionera que no había hecho más que observar demasiado.
Vanessa levantó la vista con escepticismo.
—¿Por qué lo haces? —preguntó, frunciendo el ceño mientras señalaba la comida.
Steven se recargó en la pared, su porte siempre impecable, con esa calma calculada que inspiraba respeto y miedo a la vez.
—Por la seguridad mundial —respondió, simple, directo.
Vanessa dejó escapar una risa amarga y negó con la cabeza.
—Cada palabra tuya está equivocada. Conozco a Bloodshoot. Era un hombre normal, que estaba muriendo por una enfermedad terminal cuando lo conocí. Para quedarse conmigo, se sometió a un experimento que le salvó la vida, sí… pero también lo convirtió en un arma. Traicionó, luchó, sufrió… y cuando finalmente era libre, tú y tu equipo lo convertiste otra vez en lo que jamás quiso ser: un simple instrumento de destrucción.
Steven la observó sin parpadear, mientras Vanessa continuaba, la voz cargada de resentimiento y verdad:
—Un hombre que amé fue convertido en un arma… y ahora lo controlas como si fuera tuyo, para cazar, matar y obedecer sin dudar.
Vanessa terminó su comida con un suspiro, dejando el plato vacío y la copa limpia. Con firmeza, entregó la bandeja a Steven y lo miró directamente a los ojos.
—Llévatelo —dijo, con cada palabra impregnada de desafío—. Y vete.
Steven tomó la bandeja, inclinado un poco la cabeza como quien acepta una derrota menor.
—Cuidado con lo que dices —advirtió con una media sonrisa, mientras salía de la celda—. Nunca sabes quién podría estar escuchando.
La puerta se cerró tras él, dejando a Vanessa sola. Su mirada se perdió en la pared opuesta, mientras el eco de la advertencia de Steven aún vibraba en su mente, recordándole que la guerra apenas comenzaba y que nadie estaba completamente a salvo.