La luz blanca y fría de la prisión iluminaba apenas la pequeña sala de visitas. Valentina Los Santos cruzó la puerta con paso firme, sus ojos fijos en su hermano, Luis. Sentado frente a ella, con las manos entrelazadas sobre la mesa, él parecía mucho más frágil de lo que Valentina recordaba, pero la dureza en su mirada seguía presente.
—Luis —dijo Valentina con voz tensa—. Quiero explicaciones, y esta vez detalladas.
Luis suspiró, sintiendo el peso de cada error.
—Valentina… lo que hice, lo que me convertí en Redman… no puedo justificarlo, pero… —hizo una pausa, tragando saliva—… estaba cegado por la venganza. Creí que era la única manera de honrar a Sabrina. Me equivoqué, y lo sé. Lo siento, de verdad.
Valentina lo miró largo rato, respirando con fuerza, intentando comprender cómo alguien a quien amaba tanto podía perderse de esa manera.
Cuando terminó la visita, Valentina salió con un nudo en la garganta, todavía procesando todo. Afuera, la esperaba Miresa, quien había vuelto a Estados Unidos tras su viaje de voluntariado. La canadiense no tardó en ir directo al grano.
—Valentina —dijo, con tono inquisitivo—. Necesito saber todo. ¿Por qué tu hermano intentó matar a Lyra? ¿Qué lo llevó a convertirse en Redman?
Valentina respiró hondo y comenzó a relatar cada detalle. Desde la muerte de Sabrina hasta la creación del protocolo Alfa, pasando por la manipulación de Luis y la transformación que lo convirtió en un arma de venganza. Miresa escuchó atentamente, asimilando cada palabra mientras la realidad de los hechos calaba hondo.
Al terminar, ambas se quedaron en silencio por unos segundos, contemplando la magnitud de lo ocurrido. Lo que había empezado como un acto de venganza se había convertido en un conflicto que arrastraba a todos a su alrededor, y ahora, más que nunca, la verdad debía guiar sus siguientes decisiones.