Sin oxígeno no hay fuego.
Y tú eres el oxígeno
que enciende el fuego de mi sentir.
No llegaste a incendiarme el mundo,
llegaste a ordenarlo.
Como el café que despierta sin prisa,
como la lluvia que cae despacio
hasta que la tierra vuelve a oler a hogar.
Contigo el amor no corre,
camina.
Se mueve al ritmo correcto,
como una canción bien elegida
que no necesita volumen alto
para quedarse en la memoria.
Cuando la universidad pesa
y los días se sienten largos,
tu presencia suena
como una melodía constante:
no distrae,
acompaña.
Me gustas así,
sin espectáculo,
como la música que se vuelve fondo
y de pronto descubres
que es lo que mantiene todo en su lugar.
Yo no amo desde la urgencia,
amo desde la elección.
Y elegirte se parece
a reconocer una canción apenas empieza,
a saber que ese ritmo
sí es el mío.
No te quiero para arder sin control,
te quiero para sostener el fuego.
Para marcar el tempo cuando dudo,
para bajar el volumen cuando el mundo pesa,
para recordar que incluso el silencio
también forma parte de la música.
Si me quedo,
no es por costumbre.
Es porque contigo
la calma tiene ritmo,
porque mi vida no se detiene a tu lado,
se armoniza.
Y eso es lo que te ofrezco:
presencia sincera,
un fuego cuidado,
y este amor que no promete eternidades ruidosas,
pero sí una canción honesta
que se queda sonando.