Hay días
en que no estoy triste.
Estoy apagada.
Como una habitación cerrada
donde el aire ya no circula
pero nadie nota
porque las ventanas siguen limpias.
Me dicen que soy todo lo bueno.
Me lo dicen tanto
que a veces siento que estoy obligada
a serlo.
Sonrío.
Asiento.
Cumplo.
Y por dentro
algo se desgasta.
No es un dolor que grita.
Es uno que roe despacio,
como agua contra piedra,
como un pensamiento que vuelve
y vuelve
y vuelve.
No me siento amada.
Me siento observada.
Evaluada.
Necesitada.
Me necesitan fuerte.
Me necesitan clara.
Me necesitan disponible.
Pero nadie parece notar
que estoy cansada
de ser necesaria.
Hay una rabia pequeña
que no explota,
solo arde.
Rabia por los silencios incómodos
cuando intento hablar.
Rabia por las miradas que juzgan
cuando digo que algo me duele.
Rabia por tener que tragarme el llanto
para no ser “demasiado”.
Y la familia…
esa palabra que debería pesar a hogar
a veces pesa a teatro.
Sonrisas medidas.
Apoyos condicionados.
Lealtades que cambian
según quién esté mirando.
Duele más que venga de ahí.
Duele más que la sangre
no garantice verdad.
Y mientras tanto,
hay personas que llegaron sin promesa
que me han sostenido con más honestidad
que algunos apellidos.
Es absurdo
cómo el cariño más real
puede venir de quienes no comparten tu historia.
A veces no quiero llorar.
A veces quiero sentir algo,
lo que sea,
aunque duela más.
Porque lo peor
no es la tristeza.
Es la ausencia.
Es esa sensación de estar flotando
fuera de tu propio cuerpo.
Responder en automático.
Reír en automático.
Vivir en automático.
Como si mi corazón
hubiera decidido protegerse
apagando el interruptor.
Estoy resentida.
Con quienes no escuchan.
Con quienes invalidan.
Con quienes esperan que sea faro
cuando yo solo quiero ser orilla.
Estoy cansada de explicar
por qué me duele lo que me duele.
Cansada de justificar mi sensibilidad.
Cansada de sentir que mi agotamiento
es una exageración.
A veces quiero desaparecer un poco.
No morir.
Solo no estar disponible.
No ser expectativa.
No ser ejemplo.
No ser soporte.
Solo ser.
Pero incluso cuando me siento hueca,
hay algo que late.
Débil.
Persistente.
Tal vez no sea esperanza todavía.
Tal vez solo sea supervivencia.
Pero sigue ahí.