Madelyn

14 DE AGOSTO

Cuando Emma abrió la puerta no daba crédito a lo que estaba viendo.

—Liam —balbuceó—. ¿Pero qué estás haciendo aquí? ¿Cómo entraste? ¡Acaso te has vuelto loco! Si Jenny te ve…

—¡Chist! Ella lo sabe.

—¿Qué? ¿Cómo que lo sabe?

Escuchó unos pasos subiendo las escaleras. Jenny apareció y le dedicó una sonrisa cómplice, para después entrar en su habitación.

—Estaba afuera, en las escaleras —repuso él—. Jenny salió a sacar la basura y me vio. Ella misma me pidió que pasara.

Emma frunció el entrecejo.

¿Por qué Jenny hacía todo aquello por ella?

—¿Por qué viniste?

—Prometí que no te dejaría sola.

Emma dibujó media sonrisa. Le alegraba saber que Liam estaba allí, pero no podía quitarse la sensación de preocupación del cuerpo. Su madre. Su madre era la única dueña de sus pensamientos en ese instante.

—Pasa. —Abrió la puerta por completo—. ¿Y tú padre? Sabe que estás aquí.

—Ya lo conoces. Hoy es día de bebida, así que no llegará hasta medio día, y a Paty le dije que estaría contigo.

—¿Cómo está ella?

—Bien. En lo que cabe.

—Qué bueno.

—No debí dejarte venir aquí, mucho menos después de aquello que vimos. Soy un cobarde.

—No, no lo eres. Después de todo estás aquí, conmigo, ¿no? —Emma sintió una caricia recorrer su mejilla—. Tú manos están heladas —musitó.

—Tan helada como mi corazón desde que te perdí. —Ella miró detalladamente sus ojos marrón claro, perdiéndose dentro de ellos, de su iris tormentoso y sus pestañas que como alas la cobijaban; allí, en ese cielo lleno de estrellas, era su lugar favorito—. Mereces un hombre que sea capaz de arriesgar todo por ti, Emma. Mereces lo mejor del mundo.

—Yo… —suspiró ella, dejándose llevar por aquel instante lleno de magia.

La mano de Liam se posó sobre su espalda, haciéndola mover unos centímetros más cerca de él. Emma tembló. Cerró los ojos, sumergiéndose en aquel mar de sensaciones, dejándose arrastrar cual barco a la deriva, impaciente por llegar a tierra. Él rozó sus labios; un roce tibio que le supo a calma; a paz.

—Nena… —suspiró.

—Liam. —Emma abrió los ojos y retrocedió—. Es mejor dormir.

—Claro —asintió—, estaré en el sillón.

—Puedes dormir con nosotros, hay espacio.

—No quiero que estés incomoda.

—No lo estaré.

—Bueno —asintió.

Emma fue la primera en acostarse. Después lo hizo él.

Aunque intentó relajarse fue casi imposible. El tenerlo allí. Tan cerca. Tan suyo y a la vez tan ajeno, le ponía los nervios de punta.

Ambos se quedaron viendo en silencio, intentando adivinarse los pensamientos, las palabras sin pronunciar. Acariciándose con las miradas.

—Tienes frío —preguntó él.

—No. ¿Por qué?

—Porque estás temblando.

El rostro de ella se llenó de colores.

¿Por qué tenía que ser tan evidente?

Es que acaso no podía controlar sus estúpidos nervios.

—Cierra los ojos —susurró Emma—. Tenemos que dormir.

—Claro. —Emma cerró los ojos; aunque sabía perfectamente que él la estaba mirando—. Te ves hermosa.

—Liam. —Ella lo reprendió y él sonrió; una sonrisa fugaz, que iluminó su rostro—. ¿No te parece extraño? —preguntó.

—¿Qué?

—Que hace algunos días entramos a escondidas a este lugar y ahora estamos aquí dentro, y con  permiso de Jenny.

—Sí, es muy raro. Emma, ¿no crees que hayamos estado juzgando mal a tu vecina?

—Quizá.

Emma sintió que los parpados comenzaron a pesarle y volvió a cerrar los ojos.

—Emma.

—Mmm.

—Te quiero.

Ella sonrió mientras luchaba con el sueño.

—También te quiero.

*****

 

Emma se despertó de súbito.

Soñaba con su madre, ambas hacían un picnic en la orilla de la playa, charlaban y reían como buenas amigas. Los ojos de su madre ya no luían cansados, sino despiertos, llenos de vida. Y su cabello largo y rizado se movía al compás del viento. No obstante, repentinamente, Gretel comenzó a gritar y a desangrarse. La sangre fluía por sus piernas, su nariz y sus ojos. Por más que Emma intentaba moverse o emitir alguna palabra para ayudarla, era imposible. Estaba paralizada. Aterrada. Cuando abrió los ojos, se sobresaltó aún más. Jenny yacía sentada a su lado, en el borde de la cama, con una sonrisa que le supo a hipocresía. Además, sostenía una almohada a la altura de su cabeza, era como si quisiera…



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En el texto hay: mentiras, intriga, amor

Editado: 02.03.2021

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