Madelyn

*21 DE AGOSTO*

Tiempo despùes

Emma abrió el periódico en la sección de clasificados, allí estaba de nuevo aquel aviso; solicitaban cajeros en el supermercado. Como le gustaría poder trabajar allí, con eso podría ayudar a su familia, así como lo estaba haciendo Patty con la suya.

Si al menos su madre firmara aquella autorización, pero no…

Ronnie se sentó a su lado y encendió el televisor.

—Deberías darle una revisada a esto —comentó Emma, entregándole el periódico. Él leyó—. Creo que después de todo esto que pasó, mamá debe dejar ese trabajo, ya que como a mí no me deja, te toca a ti ayudarla.

Ronnie arrugó el periódico y, acto seguido, la miró. Era obvio que estaba molesto. Pero no le importaba. No iba a permitir que su madre siguiera matándose en aquel lugar. Mucho menos si él tenía el deber, como marido y padre de Lucy, de apoyarla.

—No lo haré. Ya te lo dije —sentenció—. No trabajaré en ese cuchitril de supermercado como cajero. Soy un gerente. ¿Por qué no lo entiendes?

—No, el que no entiendes eres tú. No mereces todo lo que mamá hace por ti; toda su dedicación, su cariño —espetó ella con lágrimas en los ojos—. Si la amarás realmente, harías todo para que ella estuviera bien. Pensé que con esto que había pasado ibas a cambiar, pero veo que no. Sigues siendo el mismo egoísta. No eres más que un vividor. ¡Mantenido! Si no vas a trabajar, lárgate de nuestras vidas de una vez por todas. —No sintió ni un poco de arrepentimiento por lo que había hecho; si no era capaz de hacerlo reaccionar con esas palabras, entonces no lo quería en su familia.

Ronnie se puso de pie y tomó una respiración profunda.

—Escúchame bien, tú no tienes idea de quién era yo. Trabajé con los más altos ejecutivos del país, me codeé en sus fiestas, visité lugares que ni un tu vida has soñado visitar. Y todo gracias a mi trabajo. A noches sin dormir. A mis estudios. No me rebajaré a trabajar en ese lugar. Perdí mi trabajo porque según ellos ya estoy viejo y necesitan mentes jóvenes, sí. Perdí mi dinero en ideas que no dieron resultado, sí, pero no perderé mi dignidad. —Caminó hacia la puerta y antes de azotarla, agregó—: Adiós, Emma. Adiós para siempre.

Emma escuchó el crujir de las escaleras y dirigió su mirada hasta allí.

—Mamá, ¿qué haces levantada? —preguntó.

—¿Qué pasa? Escuché ruidos. —Su hija no contestó; siguió a su madre con la mirada, mientras esta revisaba la sala—. ¿Dónde está Ronnie?

—Se fue.

—¿Cómo que se fue?... ¿A comprar algo? —Emma negó con la cabeza y Gretel se precipitó en contra de ella, tomándola por los hombros—. ¿Qué hiciste? ¡Qué le dijiste! ¡Habla!

—Era lo mejor, mamá, ese hombre no te quiere. —Su madre la soltó—. Juntas podremos salir adelante, yo te ayudaré. Tú no puedes seguir trabajando en ese lugar, te estás matando, y también nos matas a nosotros. Tus hijos te necesitamos.

Gretel apretó la mandíbula y, acto seguido, la abofeteó. Emma se sintió tan pequeña en ese instante, su madre, ella jamás la había golpeado.

—¿Quién te crees para elegir por mí lo que es bueno o no es bueno? —espetó, encorvándose y soltando un quejido.

—¡Mamá! —Quiso ayudarla.

—¡Suéltame!

—Déjame llevarte a la habitación.

—No. No quiero que te me acerques, ni ahora ni nunca más.

Emma retrocedió, primero un paso, luego otro; después corrió a la calle y no se detuvo hasta que impactó con alguien.

—Emma, cielo. —Sus ojos  se encontraron con los de Jenny—. ¿Qué pasa?

—Mi madre, ella… Me odia.

—¿Qué? Pero qué dices. Tú madre no te odia.

—Sí, ella lo hace —afirmó, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Jenny, ayúdame… Déjame quedarme contigo, no quiero regresar a casa.

—Emma, es que…

—Por favor, solo hoy.

Jenny miró hacia su casa por algunos segundos; después le sonrió a Emma.

—Está bien, puedes quedarte.

 

*****

Antón encendió su computador.

Quería. Necesitaba verla.

Entró a la galería.

¿Qué?

Las fotos ya no estaban.

Ninguna de ellas.

—¡Maldita sea! —gruñó para sí mismo, tirando de sus cabellos—. ¿Por qué me haces esto, Jenny? —murmuró.

Salió de la galería y entró a las redes sociales. Allí todavía estaban las fotografías de su ex prometida Katherine. Se detuvo en una de ellas y le recorrió el rostro con su índice; las mejillas decoradas con comillas a causa de la sonrisa, los ojos pequeños y azul verdoso, y la boca, esa boca con sabor a miel. Recordó la noche anterior al accidente, ella lucía más hermosa que de costumbre; como un ángel, ¿acaso era un presagio?

Una lágrima escapó de su mejilla. Entonces, una foto de Jenny apareció en su campo de visión. Katherine y Jennifer eran tan distintas y a la vez tan parecidas. Eran, según su propia definición, esa clase de mujeres que te pueden llevar a la perdición. Katherine era  fuego, pasión, y Jenny, inocencia. Aun podía recordar la primera noche que hizo el amor con Jennifer, después de su matrimonio, la manera en que ella lo había amado; con timidez y ternura, lo había enloquecido. Tanto, que por un tiempo hasta pensó que había olvidado a Katherine.



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En el texto hay: mentiras, intriga, amor

Editado: 02.03.2021

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