Madelyn

*25 DE AGOSTO* (PARTE II)

Jenny veló su sueño por algunos minutos.

Madelyn era preciosa, suave y lozana, como una planta que recién empieza a florecer; algo delgada pero larga, y con mucho cabello.

Acarició su ropita, un enterizo de color amarillo que ella misma había comprado para aquella hija que tanto deseó tener.

Sonrió; su niña no había muerto: viviría, renacería, a través de Madelyn.

Al salir de la habitación, fue en búsqueda de su esposo. Lo encontró en la biblioteca, jadeando frente a su laptop, mientras veía una imagen de Katherine desnuda.

—¿Cómo puedes hacerme esto? —le gritó.

De súbito, Antón cerró la computadora y se abrochó el pantalón.

—Jenny...

—¡Maldito bastardo, acabo de darte una hija y tú te masturbas con la foto de mi hermana!

—Jenny —balbuceó—. Fue una estupidez, lo sé... No sé qué me pasó.

—Ah, ¿no sabes qué te pasó? Pasó que la amas, pasó que piensas en ella, pasó que aunque esté muerta, aun la deseas. ¡¿Dios, qué he hecho en esta vida para merecer tanto dolor?!

—Perdóname... —rogó.

—¡Vete al infierno, me largo de esta casa!

—No... no me dejes. —La sujetó del brazo—. Ya no la amo.

Jenny se soltó de su agarre.                      

—Y cómo quieres que te crea después de lo que acabo de ver, ¿eh?

—Te lo juro.

—Entonces... —Agarró una bocanada de aire—. ¿Por qué diablos te tocabas pensando en ella?

Su esposo apretó los labios, era obvio que no tenía excusas para tal aberración, así que lo abofeteó.

—Olvídate de mí. De nuestra hija —sentenció.

—Jenny —insistió Antón—. Fue una estupidez, cariño.

—¡No me llames, cariño! —Había mucha ira contenida dentro de sí, se desbordaba como un río en medio de una tormenta—. Me das asco —espetó y, acto seguido, se fue a la cocina.

—Escúchame, por favor —suplicó su esposo.

—¿Escucharte? —Arrojó un vaso de vidrio que se hizo añicos en la pared—. No quiero escucharte. ¡Lo único que quiero es que me dejes en paz! Maldigo el día en que te conocí.

Antón se acercó.

—No digas eso, cariño —musitó, secándole las lágrimas.

—Hubieras preferido que Madelyn fuera hija de Katherine, ¿verdad? —inquirió con amargura.

—Jenny...

—¡Dímelo!

—No, claro que no —repuso, besándole los labios—. Por favor, perdóname, te juro que esto no se volverá a repetir.

Jenny suspiró.

—¿Eso es un sí? —inquirió su esposo, sonriendo. 

*****

Aprovechando que su esposo dormía, Jenny entró al sótano.

—Oye. —Tocó el hombro de la chica—. Tienes que irte.

La joven no respondió, su lánguido y pálido cuerpo, permaneció inmóvil sobre el colchón. Jenny posó la mano sobre su frente, ya no había fiebre, pero su aspecto seguía siendo el de una persona enferma.

¿Y si se le había ido la mano con los sedantes?

—Despierta —insistió, agitándola—. Por favor, despierta.

Fue entonces cuando aquella mujer abrió los ojos, observándola con visible terror, retorciéndose en un intento de quitarse las amarras.

—Tranquila —siseó, acariciándole el cabello—. Te sacaré de aquí.

En vez de alegrarse, la muchacha comenzó a llorar y moviendo su hombro, quiso deshacerse de la mordaza.

—Te la quitaré, pero si prometes no gritar —le dijo.

La chica asintió. Entonces, Jenny la sentó y le quitó la mordaza.

—Mi hija —balbuceó la joven con la voz ronca—. ¿Cómo está mi hija?

—Bien. —Jenny sonrió—. Es una niña preciosa.

—Quiero verla.

—Ah, no, eso no se va a poder.

—Por favor —rogó, volviendo a llorar.

—¡Chist! Silencio.

—Jenny.... —Una tercera voz se hizo presente, haciendo que ambas mujeres dirigieran sus miradas hacia la puerta.

En la entrada, iluminado como un ángel por la luz del pasillo, estaba Antón.

Jenny sintió que el suelo se abría; se la tragaba cual infierno por falsa y mentirosa.

Antón bajó hasta la mitad de la escalera.

—Nelson —murmuró la muchacha—. ¡Nelson, ayúdame!

—¡Cállate! —Jenny le colocó la mordaza y fue hasta donde estaba su esposo.

—¿Qué es esto? —preguntó él.

—Cariño, puedo explicarte.

—¿Qué hace esta mujer aquí? —inquirió.

Jenny sabía perfectamente que no había escapatoria, tenía que contarle la verdad o lo perdería para siempre.

—Nuestra hija nació antes de tiempo y nació muerta —confesó.

—Entonces, la niña que está arriba...

Jenny asintió.

—¿Secuestraste a esta mujer para robarle a su hija?

—No —espetó Jenny—. No es su hija. Es nuestra hija

—Santo Dios.

—Lo hice por nosotros, cariño.

Antón volvió a mirar a la joven, su cuerpo se retorcía como si estuviera poseída por algún espíritu maligno.

—Vamos afuera —le ordenó a su mujer.

Jenny asintió.

—Perdóname, cariño —le rogó, abrazándolo.

Antón la apartó.

—¿Sabes cuál es su nombre?

—Mariana. Se llama Mariana.

Antón se llevó ambas manos a la cabeza y se quedó pensativo por algunos segundos.

—Hay que matarla —sentenció finalmente.

Jenny negó con la cabeza.

—No, de ninguna manera —dijo—. Mariana prometió que no me delataría, sabe que cuidaré bien de su hija.

—¡Por favor!, no seas tonta, Jenny.

—Pero...

—Esa mujer apenas salga de aquí, lo primero que hará será ir a la policía —espetó, sujetándola con brusquedad por las mejillas—. Hay que matarla —repitió.

—Antón... —Sus ojos eran de un azul violento; tempestad e ira, eso era lo que veía en ellos—. Me lastimas.

La soltó.

—Lo hago por tu bien, Jenny. Por nuestro bien.

Ella asintió, mientras acariciaba sus mejillas adoloridas.

—Está bien, como tú digas —concluyó Jenny.

—Iré por el arma.

—Espera. —Él se detuvo—. ¿Por qué esa mujer te llamó Nelson?



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En el texto hay: mentiras, intriga, amor

Editado: 02.03.2021

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