Madelyn

*26 DE AGOSTO* FINAL (PARTE II)

Antón la miraba; recorría su cuerpo y como si de un trozo de carne se tratara, se relamía los labios.

Emma cerró los ojos con fuerza.

No quería verlo.

No quería olerlo.

Ese hombre hacía que cada terminación de su cuerpo estuviera alerta.

Le acarició el rostro.

Emma quiso llorar, gritar, salir corriendo, pero no se movió. Sus ojos insistían en estar cerrados, simulando que aquello no era real. Que ese asqueroso hombre no la estaba tocando.

—Ah... Hueles delicioso —jadeó, hundiendo la nariz sobre su cuello—. Es una lástima, ¿sabes? Morir siendo tan joven y bonita.

Emma abrió los ojos, dejando escapar una lágrima.

—Chist, no llores, si eres una niña buena, te dejaré vivir un poco más.

—¡Aléjate de ella, maldito! —espetó alguien.

Emma reconoció su voz de inmediato: su corazón corrió de prisa, como si de un maratón se tratara.

Y lo miró...

Liam permanecía detenido en la puerta, observándola, con la mirada cargada de valentía y amor.

A su lado estaba Javi.

—¿Que no escuchas? —gruñó el pelirrojo, sosteniendo un arma—. Aléjate de ella.

Antón, que se encontraba de cuclillas, se incorporó.

—Ni sabrás disparar un arma, niñito —dijo.

—Soy hijo de un policía, ¿de verdad quieres probar?

Negó con la cabeza y, elevando las manos, se dio por vencido.

Liam aprovechó para desatar a Emma.

—Perdóname —dijo, abrazándola.

—No te preocupes, no pasa nada —musitó, correspondiéndole.

Se detuvieron junto a Javi.

—Vamos —añadió Liam.

—No tan rápido, mis amores... Baja el arma —ordenó Jenny.

Emma observó a su vecina; con una mano sostenía a su hija recién nacida y con la otra apuntaba la cabeza de Javi.

—Por favor, baja el arma —le rogó a su amigo, al ver que no obedecía, pero este también la ignoró.

—Se me está agotando la paciencia, cielo —susurró Jenny.

Emma suplicó una vez más, esta vez en un murmullo casi inaudible, que como escarcha flotó en el ambiente.

‹‹Baja el arma››

Entonces... él por fin cedió.

—Ahora dásela a mi esposo.

Cuando Antón tuvo el arma en su poder, sujetó al pelirrojo por el cuello de la camisa, sacudiéndolo, y lo lanzó por las escaleras. Emma gritó, queriendo ir detrás de su amigo, pero Liam la detuvo, aferrándola a su pecho. Javi ahora estaba tirado en el suelo, inconsciente, y con sangre saliendo de su cabeza.

—Así que el príncipe vino a rescatar a la princesa —canturreó Jenny—. Que suerte tienes, ¿no, Emma? Es una lástima que no seguirás disfrutando de ella. Por cierto, fuiste tú quien entró a la casa aquel día de tormenta, ¿verdad?.... —Le acarició la mejilla con el arma—. ¿Que no te enseñó tu mami que las casas ajenas se respetan?

—Hay que largarnos de aquí —espetó Antón, agarrando por el cabello a Emma, y apuntándola con el arma.

—Camina —le ordenó Jenny a Liam.

Entonces, se pusieron en marcha.

Todo iba aparentemente bien.

Sin embargo, cuando estaban a punto de salir de la casa, alguien tocó.

No el timbre. Sino la puerta.

Golpes fuertes.

Y gritos.

—¡Jenny!...¡Jenny! ¡Abre!

—¿Qué hace el imbécil de Avaro aquí? —cuestionó Antón.

—Yo qué sé —respondió Jenny.

—Te juro que si no abres la puerta, la tiraré... Contaré hasta cinco, Jenny...Uno...Dos...

—¡Maldita sea, ve a ver que quiere! —ordenó su esposo.

Jenny asintió.

—Ustedes no se muevan —amenazó Antón, escondiendo a los rehenes en el espacio donde terminaba el pasillo principal y comenzaban las escaleras.

—¿Dónde está tu marido? —Emma trató de agudizar el oído, pero no logró escuchar la respuesta de su vecina—. ¡Antón, sal de allí, maldito bastardo! ¡Vas a pagar por lo que has hecho, te lo juro!

El rostro de Antón se tornó pálido y de su frente salió un hilo de sudor que corrió hasta su cuello.

—¡No me mientas, aquí está su auto! —espetaron desde afuera.

Antón se guardó el arma.

—Si se mueven les pegaré un tiro —advirtió nuevamente.

—¡No! —gritó Jenny.

Se oyeron unos pasos.

—Álvaro —sonrió Antón, cuando este apareció en su campo de visión.

—¡Hijo de puta! —Le dio un puñetazo, arrojándolo al suelo—. ¡Por tu culpa mi hermano está muerto!

Antón se levantó.

Sacó el arma.

Apuntó.

—Cobarde —escupió Álvaro.

Su contrincante rio; una risa amarga y diabólica, la risa de un psicópata, pensó Emma.

—¿Qué demonios pasa? —Jenny apareció sin la recién nacida.

—Tienes que saber la verdad —dijo Álvaro.

—¿Verdad? ¿Qué verdad?

—No lo escuches, cariño.

—Jenny, por favor, lo que tengo que decirte es sumamente importante.

—¡Cierra la boca! —bramó Antón.

Álvaro negó con la cabeza y volvió a mirar a Jenny.

Estaba a punto de decirle algo.

Entonces...

Antón disparó.

Emma cerró los ojos.

No hubo gritos ni llanto.

El único sonido que salió de aquella casa fue el del gatillo siendo apretado una y otra vez.

Emma abrió los ojos.

Miró a Álvaro.

Estaba intacto; a salvo.

Sonrió, abrazándose con fuerza a Liam.

—Cariño, no le creas —balbuceó Antón, mostrándose acorralado.

—Jenny, escúchame. —Álvaro sacó un cuaderno—. Esta era la agenda de mi hermano, aquí está la razón por la que él se suicidó.

—No entiendo, ¿qué tiene que tiene que ver esto conmigo?

—Mucho. Este bastardo lo asesinó.

Jenny arrugó la frente.

—Eso es mentira —murmuró su esposo, queriendo acercársele.

Ella lo rechazó.

—Habla —le pidió a Álvaro.

—¡No, no lo escuches!

—¡Ya me tienes harta! —Jenny lo apuntó con el arma—. ¡Cállate la puta boca y deja que hablé!

Antón dejó caer unas lágrimas y, asintió, resignado.

—¿Qué es lo que me quieres decir? —inquirió Jenny.

Álvaro abrió la agenda y miró a los dos chicos refugiados en un rincón.

—¿Quiénes son? —preguntó.



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En el texto hay: mentiras, intriga, amor

Editado: 02.03.2021

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