Madre a destiempo | Edición completada.

EPÍLOGO I [Editado]

Terminé de arreglar la prenda en el baño del espejo, escuchando desde aquí las algarabías por la fiesta que se efectuaba en casa. 

Había pasado un tiempo desde que por fin crucé esa puerta, con una nueva oportunidad debajo de los brazos, con el corazón abierto y mi familia recibiéndome como si nunca me hubiese ido de su lado. 

El proceso había sido emocionante por la forma en que cada uno me fue integrando no solo a sus áreas disponibles, sino a aquellas que no me mostraron o que perdí por estar lejos de ellos. 

Hubieron tantas reconversaciones, tantos diálogos y tantos juegos que se jugaron una y otra vez, hasta que el cansancio nos envolvía en las noches. 

Sus sueños, ideas, pensamientos y lo que pensaron al no estar en presencia de cada uno, se convirtió en bálsamo en lo más hondo de mi pecho, porque sin duda, sentí que me querían, que valió la pena el esfuerzo, la ida y el volver después de ponerle un punto final a mi historia. 

Tanto había sido mi cambio, que no me atreví a ignorar la petición interna que me llevó a mantener el contacto con quien se suponía era mi padre, al punto de enviarle cartas, visitarlo de vez en cuando y hablarle de lo que nunca creí que podría ser posible. 

A veces no se animaba a encontrarse conmigo, aunque las veces que llegaba, su rostro se notaba cabizbajo por la verguenza de que estuviera dándole seguimiento. 

Lo mejor que se me ocurrió hacer, fue leerle un libro que unos evangelistas le entregaron en las visitas que generalmente le hacían, por lo que no dudé ni por un segundo en empezar a leer la historia del mundo desde el principio, donde se hablaba de la creación. 

Su interés se intensificó, por lo que me ocupé de enseñarle a leer, porque en realidad no tenía todo el conocimiento que le era necesario. 

Fue de ese modo, que empezó a leerme en voz alta algunos capítulos de los libros del Antiguo Testamento en la Biblia y luego, yo seguía con los demás, en esa dinámica que nos reconfortaba a ambos. 

Eso me hizo ver que lo que un día creí que no pasaría, sucedió, porque jamás pensé que iba a sentir amor por alguien como él. 

Quisiera decir que la relación con mi abuela fue igual, no obstante, solo pude hacer con ella, casi lo mismo que hice con mi madre adoptiva. 

Le di un lugar donde pasar su último tiempo de vida, la cuidé como la cuidé a ella, además de que también leía en voz alta ese Nuevo Testamento, que cargaba conmigo y por supuesto, le había pedido al Pastor cuando regresamos a la Iglesia. 

Un día, ella no despertó más, habiendo terminado de leer esas historias escritas por los hombres que recibieron la inspiración de Dios para escribir, por lo que junté sus manos en su pecho al ver su sonrisa en los labios. 

Supe que se perdonó a sí misma, del mismo modo en que la perdonaron y de la misma manera en que la perdoné, por lo que su sepultura no me trajo tristeza, sino alivio y esperanza porque ya estaba en una mejor vida.

Una lejos de toda su verdadera historia, que muy probablemente la llevó a ser quien fue. 

Mi alma se sintió ligera, ya no había culpa en ella, ni quejas o deseos de que algo hubiese sido diferente. 

Acepté que estábamos aquí para hacer una misión que otros no lograron hacer. 

Perdoné lo que se suponía, no debí de perdonar para liberarme de una carga que no me pertenecía. 

Vi quienes eran y los dejé ser, ya sin condenarlos. 

Porque aunque sé que otros se habrían alejado para siempre, yo no estaba realmente conforme con eso, por lo que puse en práctica lo que un día dije que no le entregaría: mi compasión. 

La mirada en mis ojos cambió, mis pensamientos, el amor que también le profesaba a otros, por lo que fui mejor. 

Por lo mismo, no me arrepiento de eso, ni por un segundo, porque todavía me queda mucho que escribir y qué enseñarle a otros. 

—¿Carlisse?—Lo oí tocar la puerta, abriendo sin que le diera permiso—. Igual si estabas en pelotas, te iba a admirar—sonreí ante su diálogo romántico, enamorada en lo que cerró detrás, viniendo por un beso. 

Quité la mala mirada en lo que masajeó mi vientre, unida a sus labios en lo que me abrazó desde la espalda, pegando la barbilla en mi hombro. 

—¿Tienes miedo o algo así?—indagó—. Porque no has querido salir.

—Solo estaba pensando todo lo que pasamos estos meses, casi año—murmuré, mirándolo desde el espejo—. ¿Me veo bien?

—Te ves increíble—afirmó, dándome una vuelta para encontrarnos en ese reflejo al estar algo pesada de los senos. 

—¿No sientes que he engordado? Me creció el busto, tengo cólicos constantemente y ahora—rodé los ojos al ver abajo—, ¿me acabo de hacer en los pantalones?—Fruncí el ceño en lo que se apartó, extrañado para ver lo que llenaba el piso del baño.

—Eso no es orina—lo miré, ladeando la cabeza. 

—A ver, no trates de ser tan amoroso conmigo—emití, yendo al sanitario, aunque me jaló del brazo—. Eso duele. 

—No te sientes en el sanitario—abrí la boca, cerrándola de nuevo en lo que salió a la habitación, recogiendo algunas cosas. 




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