Madre a la fuerza

Capítulo 3 — El genio invisible

Blair

Dylan levantó la mirada de su ordenador con una expresión demasiado inocente y preguntó:

—¿Cuántas veces?

—¿Cuántas veces qué? —respondí haciéndome la tonta.

—Ha intentado contactar —reformuló.

—¿Hoy? —Entrecerré los ojos y pronuncié su nombre con una advertencia velada—. Dylan.

—Cuatro —contestó pasando de mí.

Solté el aire y volví a concentrarme en las líneas de código de mi pantalla.

—Ignóralo —musité.

—Eso hago.

—Pues no parece que lo estés haciendo si llevas la cuenta. —Mi director técnico sonrió.

—Es difícil no llevarla cuando Blackwell's Technologies está intentando contratar a una persona que oficialmente no existe.

—Vanta existe.

—Claro. —Señaló hacia mí—. Lleva quince minutos sentada enfrente y tiene bastante mal humor.

Le lancé el bolígrafo, que esquivó riéndose.

—¿Para esto te pago? —inquirí, fingiendo enfado.

—Entre otras cosas —se burló.

—Empiezo a pensar que debería revisar tu contrato.

—Hazlo. Yo redacté la mitad. —Con cada palabra mía se divertía más.

—¡Maldito! ¡Fuera! —inquirí dejando ver una sonrisa.

Volví al ordenador.

La propuesta definitiva del Proyecto Aurora debía entregarse en tres días y todavía había dos apartados técnicos que no me convencían. No estaban mal. Ese era precisamente el problema. Yo no quería presentar algo que estuviera bien. Quería que fuera difícil de superar. Especialmente después de la conversación con Ethan Blackwell.

«Puedo duplicarlo».

«Entonces triplicarlo».

Todavía me daban ganas de reír. Aquel hombre solucionaba demasiadas cosas poniendo ceros detrás de una cifra. El problema era que, en su caso, podía permitírselo.

Blackwell's Technologies jugaba en una liga diferente a la nuestra. Tenía más empleados, más recursos, laboratorios propios y una capacidad financiera con la que Lumis todavía no podía competir.

Nosotros teníamos otra cosa… Ideas. Y una ventaja que Ethan llevaba meses intentando comprar sin saber que la tenía delante cada vez que hablaba conmigo.

—Ha subido la oferta —comentó Dylan entrando en mi oficina.

Dejé de escribir.

—¿Otra vez? —Mi incredulidad aumentaba.

—Veinticinco por ciento. —Giré lentamente la silla.

—¿Cómo sabes eso? —cuestioné.

—Porque esta vez no ha escrito al correo profesional de Vanta —dijo con suficiencia.

—¿Entonces? —No podía creer lo que escuchaba.

Dylan giró su portátil para enseñarme la pantalla y reconocí inmediatamente la dirección. Era una cuenta utilizada exclusivamente por una empresa intermediaria que gestionaba algunos de mis trabajos externos.

—¿Cómo demonios ha llegado hasta ahí? —preguntó con curiosidad.

—Es Blackwell.

Eso no era una respuesta. Y, al mismo tiempo, lo explicaba perfectamente.

Me levanté y me acerqué. El mensaje era breve, profesional, sin adornos. Una oferta de colaboración exclusiva durante dos años con Blackwell's Technologies. La cantidad hizo que mis cejas subieran solas.

—¡Joder! —exclamé sin poder evitarlo.

Dylan soltó una carcajada.

—Ahora sí te interesa —se burló.

—He dicho que es mucho dinero, no que me interese.

—Blair, podrías aceptar y nadie tendría por qué saberlo. —Lo miré.

—¿Trabajar para Blackwell mientras Lumis compite contra él? —reflexioné.

—Técnicamente Vanta trabajaría para Blackwell.

—Vanta soy yo.

—Ese pequeño detalle parece que él todavía no lo tiene claro —especificó.

Volví a mirar la cifra. Tentadora. Demasiado para mi cordura. Y precisamente por eso la respuesta era no.

Había creado aquella identidad años atrás por una razón.

Cuando fundé Lumis necesitaba separar determinadas investigaciones propias del trabajo comercial de la empresa. No quería que cada idea que desarrollara quedara automáticamente vinculada a mi apellido, a mis problemas familiares o incluso a la imagen pública de una compañía que todavía estaba intentando sobrevivir.

Al principio Vanta había sido simplemente una firma. Después llegaron las primeras colaboraciones. Luego las recomendaciones. Y, en algún momento, alguien había decidido que detrás de aquel alias tenía que existir un genio excéntrico que no concedía entrevistas ni asistía a congresos. Yo no me había molestado en corregirlos. Era divertido y útil. Especialmente ahora.

—Recházala —ordené.

Dylan parpadeó.

—¿Estás segura?

—Completamente.

—Podríamos hacerle sufrir un poquito.

—¿Cómo?

—No contestando hasta mañana.

Sonreí y luego dije:

—Eso es infantil.

—Muchísimo. —Sus ojos me observaban y una idea se hizo presente.

—Hasta el viernes —comenté sin más.

Su sonrisa se ensanchó.

—Sabía que por algo trabajaba contigo. —Regresé a mi escritorio escuchando sus carcajadas.

—Y dile a quien gestione esa cuenta que no facilite ningún dato personal. Blackwell está rastreando cada intermediario con el que trabajo.

—Ya está avisado.

—Bien.

—Aunque algún día tendrás que decirle quién eres. —Levanté la mirada.

—¿Por qué?

—Porque quiero estar presente.

—¿Para qué?

—Para verle la cara. —No pude evitar reírme porque en eso coincidíamos.

***

El viernes llegué a la sede donde se celebraba la última ronda de evaluación de Aurora con seis minutos de adelanto.

Ethan ya estaba allí. Era obvio. Hablaba con dos miembros del comité junto a una enorme cristalera. Se veía impecable dentro de un traje gris oscuro y con esa seguridad irritante que parecía acompañarlo incluso cuando estaba quieto.

Me vio y, aunque no interrumpió la conversación, sus ojos me siguieron mientras atravesaba la sala. Sonreí un poquito. Solo para fastidiarlo.

—Señorita Northcliff. —Me giré para ver quién me hablaba.




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