Blair
Mientras Dylan me hablaba, no levanté la vista del ordenador.
—Ha vuelto a escribir. Es muy perseverante —susurró con picardía.
Conocía muy bien a mi mano derecha como para saber que estaba levantando las cejas de forma graciosa, sonriendo con burla e imaginando miles de escenas de mí con Blackwell.
—Yo iba a decir pesado. Tú no estás intentando contratarte a ti mismo, así que puedes permitirte ser menos diplomático —argumenté con aburrimiento.
Dylan soltó una carcajada desde el otro lado de mi despacho.
—¿Diplomática tú? —Alcé la mirada por primera vez porque necesitaba mirarlo a la cara para articular la siguiente palabra.
—Cuidado… —Mi tono surtió el efecto deseado.
—Retiro lo dicho.
Mentiroso.
Volví al informe que llevaba veinte minutos intentando terminar mientras él revisaba los últimos ajustes del Proyecto Aurora.
Habíamos ganado la primera fase. Debería estar disfrutándolo. En cambio, tenía dos reuniones pendientes, una videollamada con un proveedor alemán, treinta y siete correos sin responder y a Ethan Blackwell intentando averiguar quién demonios era Vanta.
—¿Qué ofrece ahora? —Moví la cabeza con negación, aunque la verdad era que me estaba divirtiendo.
—No quieres saberlo.
—Entonces ¿para qué me lo cuentas?
—Porque yo sí quiero saber cuánto tarda una persona en dejar de ser razonable cuando le ponen suficiente dinero delante. —Extendí la mano.
—Dame eso. —Dylan giró el portátil.
Leí la cifra. Parpadeé. Volví a leerla.
—Este hombre está mal de la cabeza.
—Este hombre tiene muchísimo dinero.
—Eso también.
La oferta era absurda. No porque Vanta no pudiera generar ese valor para una empresa como Blackwell's. Sabía perfectamente lo que valía mi trabajo. Pero Ethan estaba dispuesto a pagar una cantidad desproporcionada por alguien a quien ni siquiera conocía.
—Está obsesionado —dijo Dylan.
—Está acostumbrado a conseguir lo que quiere.
—¿Y tú cómo sabes eso? —Lo miré.
—Porque he hablado con él.
—Dos veces.
—Eso fue más que suficiente. —Dylan sonrió.
—¿Te cae mal? —Abrí la boca y la cerré.
—Me irrita.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.
—No. —Me recliné en la silla.
—¿Desde cuándo eres experto en mis emociones?
—Desde que llevo tres años soportándolas. —Cogí un bolígrafo con toda la intención de lanzárselo.
Él levantó ambas manos.
—Vale. Me callo.
—Buena elección.
—Pero no me has contestado. —Le lancé el bolígrafo. Esta vez le dio en el pecho.
—¡Violencia laboral!
—Demándame. —Se rio mientras lo recogía del suelo.
La verdad era que Ethan Blackwell no me caía mal y eso me fastidiaba bastante más. Era arrogante. Competitivo, demasiado, diría yo. Y estaba convencido de que podía solucionar casi cualquier problema con suficiente dinero. Pero cuando Lumis ganó Aurora no hizo una escena, no menospreció nuestro trabajo ni buscó excusas. Al contrario, me felicitó.
Y había algo especialmente atractivo en un hombre competitivo capaz de reconocer cuándo otro había sido mejor. Aunque solo fuera temporalmente. Porque no tenía ninguna duda de que Ethan ya estaría pensando cómo ganarnos la próxima vez. Igual que yo.
—Recházala —dije.
Dylan dejó de sonreír.
—¿La oferta?
—No, tu próxima nómina. Claro que la oferta.
—Blair, hablando en serio...
—Estoy hablando en serio.
—Es muchísimo dinero.
—Lo sé.
—Podrías aceptar determinados proyectos como Vanta sin comprometer Lumis.
—También lo sé.
—Entonces... —Me levanté y caminé hasta la cristalera. Londres se extendía gris al otro lado.
Tres años.
Solo tres años desde que Lumis era un nombre en unos documentos, cuatro ordenadores y un espacio tan pequeño que, si dos personas querían levantarse al mismo tiempo, tenían que ponerse de acuerdo. Había tenido ofertas, inversores y personas dispuestas a poner dinero siempre que yo cediera suficiente control.
Había dicho que no muchas veces. No porque creyera que podía hacerlo todo sola. Había aprendido precisamente lo contrario. Pero quería elegir con quién construía aquello. Vanta me había dado una libertad diferente. Podía investigar, experimentar, crear sin que cada idea estuviera condicionada por lo que Lumis necesitaba vender ese trimestre.
Algunos desarrollos terminaban dentro de mi empresa. Otros se licenciaban. Otros permanecían guardados durante meses hasta que encontraba una utilidad. Y nadie necesitaba saber quién estaba detrás.
Me gustaba así. Y así seguiría.
—No quiero trabajar para Blackwell's —dije.
—¿Porque compites con Ethan? —Me giré.
—Porque no quiero trabajar para nadie. —Dylan asintió lentamente. Eso sí lo entendía.
—Entonces ¿qué respondo? —Sonreí.
—Que Vanta agradece su interés, pero no está disponible.
—Qué aburrido.
—Dylan.
—¿No podemos poner «ni por todo el oro del mundo»?
—No.
—¿Un emoji?
—¡Fuera de mi despacho! —Se levantó riéndose.
—Cada día limitas más mi creatividad.
—Y aun así sobrevives. —Llegó a la puerta.
—Por cierto, tenemos la reunión de seguimiento de Aurora a las cuatro.
—Lo sé.
—Blackwell estará conectado. —Lo miré.
—¿Y?
—Nada. —Sonrió.
—Solo pensé que querrías arreglarte el pelo. —Cogí otro bolígrafo.
Cerró la puerta antes de que pudiera lanzárselo.
Idiota.
***
A las cuatro en punto Ethan Blackwell apareció en mi pantalla y odié que Dylan hubiera conseguido que pensara en mi pelo.
No me había arreglado. Bueno… Me había soltado el moño y vuelto a recoger.
¿Eso no contaba o sí?
—Buenas tardes. —Las cámaras comenzaron a activarse una tras otra.
El Proyecto Aurora tenía una estructura poco habitual. Lumis había obtenido la primera fase de desarrollo, pero varias empresas que habían participado en la licitación continuarían vinculadas como proveedores o posibles socios para etapas posteriores.