Blair
No estaba preparada para conocer a mis sobrinos.
Pensé que sí.
Durante todo el trayecto desde el aeropuerto me repetí que lo estaba. Sabía sus nombres. Sus edades. Sus cumpleaños. Sabía que Anouk acababa de perder un diente. Que Zuli tenía una capacidad extraordinaria para ignorar cualquier instrucción que no le interesara. Que Millie había pasado casi un año negándose a utilizar pantalones porque había decidido que era una princesa. Que Ethan había aprendido a decir no con una convicción que Billie atribuía a mis genes.
Los había visto crecer. Fotografías. Vídeos. Videollamadas. Audios. Sabía quiénes eran. Eso me repetía.
Hasta que el coche se detuvo delante de la casa de mi hermana en Madrid.
Y comprendí que no tenía ni pajolera idea.
Reconocí la casa antes de bajar.
La había visto cientos de veces detrás de ellos. En cumpleaños. Navidades. Primeros días de colegio. En una fotografía de Billie y Aiden intentando montar una piscina hinchable que, según mi hermana, había estado a punto de provocar su divorcio…
Aquella era su casa. No una imagen. Tampoco el fondo de una videollamada.
¡Su casa! La de verdad.
Pagué al conductor y saqué la maleta. Me quedé unos segundos delante de la puerta.
Billie había vivido allí. Aiden había vivido allí.
Hacía unos días, los dos podrían haber salido por aquella puerta.
Ahora ninguno volvería a cruzarla.
—No —murmuré, negando con la cabeza.
Cerré los ojos.
No iba a empezar. Todavía no. Había cuatro niños dentro.
Llamé.
Una mujer de unos cincuenta años abrió la puerta.
La reconocí.
—¿Marta?
Ella me miró.
—Blair.
Billie me había hablado muchas veces de ella. Ayudaba con los niños desde hacía años y, a juzgar por la cantidad de veces que aparecía accidentalmente en fotografías y vídeos familiares, hacía tiempo que había dejado de ser únicamente alguien que trabajaba en la casa.
Durante un segundo pareció que iba a abrazarme. Debió de ver algo en mi cara porque se detuvo.
—Los niños están dentro.
Miré por encima de su hombro.
—¿Cómo están?
La pregunta era absurda. Marta tampoco fingió que no lo fuera.
—Depende del minuto. —Asentí.
—¿Saben lo que ha pasado?
—Anouk lo entiende.
Se me cerró el estómago.
—¿Los demás?
—Zuli sabe que mamá y papá han muerto, pero creo que todavía no comprende qué significa para siempre. Millie pregunta cuándo vuelven. Ethan… —Negó ligeramente con la cabeza.
Dos años.
—¿Y sus abuelos?
—Anouk sabe que tampoco van a volver. —Cuatro muertos en una sola explicación.
—¿Quién se lo dijo?
—Yo estaba aquí cuando los trajeron del campamento. Después vino una psicóloga especializada en duelo infantil.
Asentí.
—Bien.
—No sé si bien…
—Ya.
Desde dentro llegó un golpe. Después, una voz:
—¡YO NO FUI!
Otra respondió:
—¡SÍ FUISTE!
Marta cerró los ojos un instante.
—Y siguen siendo ellos.
Algo dentro de mi pecho aflojó apenas.
—Eso sí es bueno.
—Muchísimo.
Entré.
Lo primero que vi fueron zapatos.
Demasiados.
Pequeños. Deportivos. Sandalias. Unas botas de agua amarillas. Una zapatilla abandonada en mitad del pasillo cuya pareja probablemente había iniciado una nueva vida en otro país.
Después vinieron las mochilas. Los dibujos. Una chaqueta sobre una silla. Juguetes.
Una fotografía familiar.
Me detuve.
Billie estaba sentada sobre el césped con Millie encima de las piernas. Aiden sostenía a Ethan. Zuli hacía una mueca a la cámara y Anouk enseñaba algo que parecía una piedra.
Todos sonreían.
Aparté la mirada.
—Están en el salón —dijo Marta.
Avancé.
Y la vi.
Anouk. Seis años. Casi siete, como se encargaría de recordarme después aproximadamente catorce veces al día.
Estaba sentada en el sofá con un libro abierto. No leía. Me miró y me detuve.
La primera ecografía. Una fotografía de Billie embarazada. Una mano diminuta. Su primer cumpleaños. Primeros pasos. Primer día de colegio. El diente perdido.
Seis años de imágenes.
Y nunca había tenido a aquella niña delante.
Anouk cerró el libro.
—Tú eres la tía Blair. —No era una pregunta.
—Sí. —Me acerqué.
No sabía si abrazarla. Así que no lo hice.
Me agaché delante de ella.
—Hola, Anouk. —Me estudió con una seriedad que ningún niño debería tener.
—Mamá decía que te parecías a mí. —El pecho me dolió.
—¿Ah, sí?
Asintió.
—Porque siempre quieres tener razón. —Detrás de mí, Marta hizo un ruido extraño.
La miré. Estaba conteniendo una sonrisa.
Volví hacia mi sobrina.
—Tu madre exageraba muchísimo.
—Mamá decía que tú dirías eso.
La miré. Ella me miró.
Y por primera vez desde aquella llamada sentí simultáneamente ganas de llorar y de reír.
—También decía que eras muy lista.
—En eso tenía razón. —Anouk ladeó la cabeza.
—Sí te pareces a mí. —Definitivamente, era hija de Billie.
Una cabeza apareció por detrás del sofá. Ojos marrones. Pelo desordenado.
Zuli.
En cuanto la miré, desapareció.
—Zuli —dijo Anouk—. Es la tía Blair.
Silencio.
—Ya lo sé.
La voz llegó desde detrás del sofá.
—Hola, Zuli.
Pausa.
—Hola.
No salió y no insistí.
Entonces, algo pequeño chocó contra mi pierna.
Bajé la mirada.
Millie. Tres años.
Una muñeca colgaba de una de sus manos, agarrada por el pelo.
Me observó.
—Hola. —Miró a Marta.
—¿Es la hermana de mamá? —Marta asintió.
—Sí, cariño. —Millie volvió a mirarme.
—¿Dónde está mamá? —Todo mi cuerpo se quedó quieto.
No estaba preparada. Sabía que iba a preguntarlo. Había atravesado media Europa sabiendo que iba a preguntarlo.