Madre a la fuerza

Capítulo 8 — Lo que mi hermana sabía

Blair

Anouk estaba sentada en el suelo del salón, rodeada de folios. Había decidido que despedirse de cuatro personas requería organización.

No me sorprendió.

—Este es para mamá. —Señaló un dibujo.

—Este para papá. Este para los abuelos. —Miré los papeles.

—Solo veo tres.

—Porque los abuelos van juntos.

—Ah.

—Estaban juntos. —La sencillez con la que lo dijo me dejó sin respuesta.

Zuli estaba tumbada boca abajo, dibujando algo con tanta concentración que sacaba ligeramente la lengua.

Millie había cubierto una hoja casi entera de corazones deformes.

Ethan golpeaba una cera azul contra el papel.

No dibujaba. Atacaba.

—Suave —le dije.

Golpe.

—Ethan.

Golpe.

—Vas a romperla.

Golpe.

La cera se partió. Ethan miró los dos pedazos. Después me miró.

—Rota.

—Qué acontecimiento tan inesperado. —Anouk soltó una risita.

Ethan intentó volver a unirla.

—¿Qué hacemos con los dibujos? —preguntó Zuli.

—Lo que vosotros queráis.

—¿Se los llevas? —Me senté en el suelo con ellos.

—Si queréis, sí. —Millie levantó su hoja.

—Este es para mamá.

—Entonces se lo llevo a mamá.

—¿Se lo das? —Mi garganta se cerró.

—Sí. —No sabía exactamente cómo.

Ni siquiera sabía si permitirían ponerlos con ellos. Pero encontraría la manera.

Zuli dejó de dibujar.

—¿Y mamá lo ve? —Los ojos de las tres niñas se clavaron en mí.

Después, los de Ethan, que probablemente no entendía nada, pero tampoco pensaba perderse la conversación.

No iba a hablarles de cielos, lugares mejores ni cosas que no sabía si existían.

—No sé si puede verlo. —Zuli bajó la mirada.

—Ah.

—Pero sí sé que mamá sabía que la queríais muchísimo.

—¿Y papá?

—También.

—¿Y los abuelos?

—También. —Anouk continuó dibujando.

—Yo voy a escribirles.

—Me parece bien.

—A los cuatro.

—Perfecto.

—No puedes mirar.

—No pensaba hacerlo.

Me miró.

—Sí pensabas.

—¿Por qué todo el mundo en esta casa tiene una opinión tan mala de mí?

—Mamá decía que eras cotilla. —Abrí la boca.

—Eso es una calumnia. —Anouk sonrió.

Y durante un segundo pensé que Billie estaba allí. No físicamente, ni de ninguna forma absurda. Simplemente, en aquella sonrisa, en una frase, en cuatro niños sentados en el suelo.

Y entendí algo.

Billie iba a seguir apareciendo durante años. Quizá toda la vida.

Marta llegó antes de que tuviera que marcharme.

Había elegido un traje negro como era de esperarse en una situación como esta.

Me miré en el espejo.

Durante años, Billie se había burlado de mis trajes.

«Algún día voy a conseguir que te pongas algo con flores».

—Has perdido —murmuré.

No fue gracioso. Aun así, casi pude escucharla insultándome.

Salí del dormitorio.

Millie me vio primero.

—Estás guapa.

—Gracias. —Anouk apareció detrás.

Me examinó.

—Pareces de trabajo.

—Es un traje negro.

—Siempre llevas trajes.

—No siempre. —Me miró.

—Mamá decía que sí.

—Empiezo a pensar que vuestra madre se dedicaba exclusivamente a difamarme. —Anouk no sonrió esta vez.

Miró mi ropa.

—¿Ya te vas?

—Sí.

—¿Y vuelves?

Otra vez esa pregunta. Siempre la misma pregunta.

—Sí.

—¿Cuándo?

—En unas horas.

—¿Seguro? —Me acerqué.

—Anouk.

Esperó.

—Voy a volver. —Asintió.

No completamente convencida y eso me dolió.

—¿Tienes las cartas? —Se giró y cogió cuatro hojas dobladas.

Una para cada uno.

Zuli trajo sus dibujos.

Millie, el suyo.

Ethan apareció con el papel arrugado donde había asesinado la cera azul.

Lo cogí.

—¿Este también?

—Papá. —Algo me atravesó.

—Vale. —Lo guardé con los demás.

Millie me abrazó las piernas.

—Dile a mamá que la quiero. —Cerré los ojos.

—Se lo digo.

Zuli se acercó.

—Y a papá.

—También. —Anouk no dijo nada.

Esperó hasta que las otras se apartaron. Después me tendió su carta.

—Esta es de los cuatro.

—Vale.

—Pero no la leas.

—No la leeré.

—Promételo.

—Lo prometo. —Me miró fijamente.

Después asintió.

Aquello parecía tener más valor contractual que cualquier documento que hubiera firmado en mi vida.

Cogí el bolso.

—Portaos bien con Marta.

—Sí.

—Y nadie intenta matar a nadie.

—Ethan no cuenta —dijo Zuli.

Me detuve.

—¿Por qué Ethan no cuenta?

—Porque es pequeño.

—Ah. Perfecto. Entonces podéis asesinarlo con impunidad. —Anouk empezó a reír.

—¡No ha dicho eso!

—Menos mal que alguien me escucha.

Me marché con sus dibujos dentro del bolso. Y por primera vez comprendí que no iba al sepelio únicamente como hermana de Billie. Iba también en representación de cuatro niños que no estarían allí.

Vi a mi madre antes de que ella me viera. Había envejecido y yo también. Pero una parte estúpida de mí había esperado encontrarla exactamente igual.

Mi padre estaba a su lado. Y ahí sí. Mi cuerpo recordó antes que mi cabeza.

La tensión en los hombros. La necesidad de controlar la respiración. La sensación de volver a tener veintitrés años.

No. Ya no.

Me obligué a caminar. No hacia ellos. Hacia Billie. Había mucha gente. Demasiada para mi gusto.

Familia.

Amigos.

Personas de la empresa de Billie y Aiden.

Gente que yo no conocía y que, aparentemente, había formado parte de la vida de mi hermana.

Otra colección de cosas que me había perdido.

Cuatro despedidas.

No quise pensar demasiado en eso.

Entregué los dibujos y las cartas después de explicar lo que eran. Encontraron la manera de colocarlos dentro de los féretros. Eso era suficiente para mí.




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