Blair
Abrí los ojos.
Había una cara a menos de veinte centímetros de la mía. No grité. Considerando las circunstancias, me pareció un logro extraordinario.
Ethan me observaba en silencio con un coche azul apretado contra el pecho.
Miré el reloj. 6:12 AM.
Volví a mirarlo. Seguían siendo las 6:12 AM.
Aquello era inhumano.
—¿Qué haces?
—Leche. —Cerré los ojos.
—Claro.
—Leche.
—He oído la primera vez.
—Leche.
—Ethan.
—Leche. —Me incorporé.
Él sonrió. Pequeño cabroncete.
—Vamos. —Extendió los brazos.
—Arriba.
—Puedes caminar.
—No.
—Has venido caminando hasta aquí.
—No.
—Te he visto.
—No. —Lo miré.
Dos años y ya manipulaba la realidad a su conveniencia. Esto cada vez era más... Prometedor.
—No voy a cogerte.
—Arriba.
—No.
—Arriba.
—Ethan… —Su labio inferior empezó a temblar.
No. Ni se te ocurra, pensé
—Eso conmigo no funciona. —Los ojos se humedecieron.
—No funciona. —Una lágrima.
—Eres un farsante. —Otra y más pucheros.
Lo cogí.
El llanto desapareció instantáneamente.
—Esto ha sido manipulación emocional. —Apoyó la cabeza en mi hombro.
—Leche.
—Sí, dictador. —Bajé las escaleras cargándolo.
Había perdido una negociación contra una persona que todavía usaba pañal. ¡Fantástico!
Anouk ya estaba en la cocina.
—¿Por qué estás despierta?
—Porque Ethan lloraba.
—Ethan no estaba llorando. —El pequeño levantó la cabeza desde mi hombro.
—Sí. —Traidor.
Anouk abrió la nevera.
—No puedes coger cosas sin preguntar.
—Tengo hambre.
—Preguntar sigue siendo gratis. —Me miró.
—¿Puedo coger un yogur?
—Sí. —Lo cogió.
—Gracias.
—De nada. —Aquello había sido sorprendentemente fácil.
Senté a Ethan en una silla.
—¿Qué quieres desayunar?
—Galleta.
—No.
—Galleta.
—Eso no es un desayuno.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí. —Anouk suspiró.
—No se hace así. —La miré.
—¿Perdón?
—Con Ethan.
—¿Ahora también tengo asesora infantil?
—Mamá le daba dos cosas para elegir. —La sonrisa desapareció de mi cara.
Anouk abrió un armario.
—¿Quieres tostada o cereales? —Ethan la miró.
—Cereales.
—¿Ves? —Sí. Veía.
—Bien. —Cogí los cereales.
—Gracias. —Anouk se encogió de hombros.
—Mamá hacía eso.
Ahí estaba. La frase que podía aparecer en cualquier momento.
Mamá lo hacía así. Mamá sabía. Mamá estaba. Y yo no.
—Entonces habrá que aprender algunas cosas de mamá. —Anouk me miró.
Algo en su expresión se suavizó.
—Yo te enseño.
—Trato hecho.
—Pero la piscina sigue siendo necesaria.
—Eso no tiene ninguna relación.
—Por probar. —Sonreí.
—Siéntate. —Zuli apareció arrastrando los pies.
Millie, detrás. En menos de cinco minutos, la cocina pasó de silenciosa a parecer el centro de operaciones de una pequeña organización criminal.
—¡Ese es mi vaso!
—¡No!
—¡Sí!
—¡Quiero el rosa!
—Ayer tú tuviste el rosa.
—¡Ethan está tirando cereales!
—¡No! —Miré al suelo.
Cereales.
Miré a Ethan.
—¿Quién ha hecho eso? —Señaló a Zuli.
—Ella. —Zuli abrió la boca.
—¡MENTIROSO! —Anouk intervino.
—Ha sido Ethan. —Millie asintió.
—Ethan. —El acusado se metió un cereal en la boca.
—No. —Fantástico.
Una organización criminal en miniatura.
A las ocho y media conseguí sentarme delante del portátil. A las ocho y treinta y dos apareció Millie.
—Tía Blair.
—¿Sí?
—Zuli no me deja jugar.
—Pregúntale si puedes jugar con otra cosa. —Se fue.
8:34.
—¡TÍA BLAIR! —Cerré los ojos.
—¿Qué pasa?
—¡MILLIE ME MOLESTA! —Me levanté.
Resolví una crisis relacionada con una muñeca y volví a trabajar.
8:41.
Correo.
8:43.
—¡ETHAN HA TIRADO AGUA! —Me levanté.
8:51.
Videollamada con Dylan.
Me senté. Respiré. Contesté. Su cara apareció en pantalla y me miró poniendo la cara cerca de la cámara de su ordenador para luego decir:
—Tienes cereales en el pelo. —Me llevé una mano a la cabeza.
Había uno y lo saqué.
—No quiero hablar de ello.
—Buenos días para ti también.
—¿Qué tenemos? —Su expresión cambió.
Trabajo.
Bien. Eso sí sabía hacerlo.
—El proveedor de Frankfurt quiere modificar los plazos.
—No.
—Eso dije.
—¿Y?
—Que necesitan hablar contigo.
—Pues habla conmigo. —Dylan me explicó la situación.
Mi cabeza entró en el terreno conocido. Números. Fechas. Contratos. Decisiones.
Durante diez minutos volví a ser yo. Hasta que una niña apareció detrás de mí. Dylan miró por encima de mi hombro.
—Hola. —Me giré.
Zuli.
—¿Qué pasa? —No contestó.
Tenía los brazos cruzados.
—Zuli.
—Anouk me ha roto el dibujo.
—No lo he roto —gritó Anouk desde alguna parte—. ¡YA ESTABA ROTO!
—¡MENTIROSA! —Zuli salió disparada.
—Un segundo. —Apagué el micrófono.
Dylan empezó a reír. Lo fulminé con la mirada.
Me levanté.
El dibujo no estaba roto. Estaba doblado. Aquello, aparentemente, constituía un crimen de guerra.
—No lo quiero doblado.
—Podemos ponerlo debajo de un libro y…
—¡NO!
—Zuli.
—¡NO LO QUIERO! —Levantó la mano y me golpeó en el brazo.
No fuerte. Pero me quedé quieta. Ella también. Sus ojos se abrieron. Después se llenaron de lágrimas.
—No. —Mi voz salió tranquila.
—Puedes estar enfadada. Puedes gritar. Puedes decirme que no te gusta. Pero no puedes pegar. —Zuli bajó la cabeza.
—Quiero a mamá.
Ah... Claro. Nunca era solo el dibujo.