Madre a la fuerza

Capítulo 11 — El precio de elegir

Blair

A las dos y diecisiete de la madrugada seguía mirando el mismo correo.

No lo había enviado. Por supuesto que no. Había hecho cosas bastante más difíciles en mi vida. Negociar contratos millonarios. Enfrentarme a mi padre. Fundar una empresa con un ordenador que se apagaba si lo mirabas demasiado fuerte.

Y, sin embargo, cuatro palabras me estaban ganando la partida.

¿Sigues interesado en Lumis?

Cuatro.

Las conté otra vez.

Maldita sea.

Cinco, si considerábamos que mi dignidad estaba incluida.

Nilo levantó la cabeza desde mis piernas.

—No empieces. —Parpadeó.

—No necesito tu opinión. —Se acomodó de nuevo.

Aquello era lo más parecido al apoyo emocional que podía esperar de un gato que tenía una zona exterior más cara que mi primer coche.

Volví a leer el mensaje.

Ethan Blackwell.

Competidor.

Empresario.

Arrogante.

Demasiado inteligente para mi tranquilidad.

Y uno de los pocos hombres capaces de mantener una conversación conmigo sin intentar explicarme cómo funcionaba mi propio negocio.

Lo odiaba un poquito por eso. También porque tenía la irritante costumbre de escuchar de verdad. No para esperar su turno de hablar. Tampoco para descubrir dónde podía atacarme. Ethan escuchaba. Y después hacía preguntas que yo preferiría no contestar.

Miré la hora.

Dos y diecinueve.

Es una pésima idea.

Pulsé enviar.

—Mierda. —Nilo abrió un ojo.

—No me mires. Ha sido un accidente. —El mensaje apareció en la conversación.

Enviado.

Irrevocable.

Bueno, técnicamente podía mandar otro aclarando que me habían robado el teléfono. O que había sufrido una conmoción cerebral. O que Ethan Griffiths había aprendido a escribir y estaba negociando empresas a los dos años.

Esa última opción era bastante creíble.

El teléfono vibró y miré la pantalla.

Ethan Blackwell.

Sí.

Una palabra. Una maldita palabra.

Después apareció otro mensaje.

Pero prefiero que me digas por qué me lo preguntas a las dos de la mañana.

Apreté los labios.

Porque soy una empresaria responsable y las decisiones importantes no entienden de horarios.

Su respuesta llegó casi inmediatamente.

Blair.

Odiaba cuando hacía eso.

¿Qué?

¿Estás bien?

Me quedé mirando la pantalla.

No había preguntado cuánto quería. Ni qué porcentaje estaba dispuesta a vender. Ni siquiera si tenía una valoración.

Había preguntado si estaba bien.

Aquello me molestó de una forma completamente irracional.

Estoy perfectamente.

Tres puntos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron.

Entonces podemos hablar mañana.

Podemos hablar ahora.

Son las dos de la mañana.

Lo sé. Tengo reloj.

Y cuatro niños que probablemente te despertarán dentro de unas horas.

Me quedé inmóvil.

No porque mencionara a los niños. Sabía lo que había pasado con Billie. Habíamos hablado brevemente desde mi llegada a Madrid.

Me quedé inmóbil porque tenía razón. Otra vez.

No necesito que organices mi horario.

No estoy organizándolo.

Lo parece.

Estoy intentando que duermas.

Miré el teléfono.

Qué hombre más insoportable.

Buenas noches, Blackwell.

Buenas noches, Blair.

Dejé el móvil boca abajo.

Ya estaba hecho, había abierto una puerta y ahora solo tenía que decidir si quería cruzarla.

A las seis y veintitrés, alguien me golpeó la cara con un dinosaurio.

—Tía Blair. —Abrí un ojo.

Era Ethan, el pequeño.

No el empresario que acababa de arruinarme la noche.

—¿Qué?

—Dino. —Me enseñó el juguete.

—Lo veo.

—Dino.

—Sí. Es un dinosaurio. —Me lo puso sobre la nariz.

—Ruge.

—Me alegro por él.

—¡RUGEEE!

—¡AH! —Ethan empezó a reír.

Me incorporé tras cuatro horas de sueño, un mensaje enviado, una posible venta empresarial y un dinosaurio de plástico intentando asesinarme.

Mi vida iba estupendamente.

Encontré a Marta en la cocina.

—Buenos días. —La miré.

—Eso es una opinión.

Sonrió.

—¿Café?

—Necesito que me lo administres por vía intravenosa.

—Entonces has dormido mal.

—He tomado una decisión empresarial.

Marta dejó una taza delante de mí.

—¿Y eso es malo?

—Todavía no lo sé.

Anouk apareció con el uniforme del colegio y una expresión sospechosamente satisfecha.

—Hoy tenemos que llevar una foto de nuestra familia.

Me detuve con la taza a medio camino.

—¿Una foto?

—Sí.

—¿De qué familia?

Anouk me miró como si hubiera perdido la capacidad de razonar.

—De la nuestra.

Ah.

—Claro.

—La profesora dice que podemos llevar una foto y explicar quiénes salen.

—Vale.

—Pero yo quiero llevar dos.

—¿Por qué?

—Porque en una están mamá y papá.

Se hizo un silencio breve.

—Y en la otra estamos nosotros ahora.

Dejé la taza.

—Me parece bien. —Anouk se encogió de hombros.

—No cabemos todos en la misma. —Algo dentro de mí se retorció.

—Podemos hacer una nueva.

—¿Hoy?

—Cuando vuelvas del colegio. —Sus ojos se iluminaron.

—¿Con Nilo?

—Por supuesto.

—Pero no lo metas dentro de tu jersey.

—No prometo nada. —Anouk sonrió y después se quedó pensativa.

—¿Y mamá y papá?

Me acerqué.

—Siempre van a formar parte de nuestra familia, cariño. Aunque no salgan en todas las fotografías.




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