Madre a la fuerza

Capítulo 12 — Lo que no está en venta

Blair

Vendí mi empresa un martes.

Bueno, técnicamente, la decisión la tomé un jueves, discutí las condiciones durante once días y firmé los documentos un martes.

Pero decir que vendí mi empresa un martes sonaba mucho menos traumático y también más elegante. Y yo necesitaba desesperadamente que aquello pareciera una decisión elegante.

—No pienso firmar esa cláusula. —Dylan levantó la vista del ordenador.

—Buenos días para ti también.

—Buenos días. No pienso firmar esa cláusula.

—¿Cuál?

—La que permite modificar la estructura directiva durante los primeros seis meses. —Dylan suspiró.

—Blair, llevamos cuarenta minutos hablando de esto.

—Y llevamos cuarenta minutos sin resolverlo.

—Porque estás interpretando una cláusula habitual como si Blackwell estuviera planeando invadir Polonia.

—No me gusta Polonia como ejemplo.

—Entonces Francia.

—Tampoco.

—¿Puedes dejar de discutir hasta con las comparaciones? —Me recosté en la silla.

La pantalla estaba dividida entre el borrador del contrato, una videollamada con Dylan y una fotografía de Ethan Griffiths intentando introducir una galleta en la boca de Nilo.

La fotografía me la había enviado Marta diez minutos antes.

Mi gato parecía estar reconsiderando todas sus decisiones vitales y lo comprendía perfectamente.

—Quiero que quede expresamente establecido que tú continuarás como gerente. —Dylan se quitó las gafas.

—Ya está establecido.

—Durante un período inicial. —dije.

—Con garantías contractuales. —contestó con cansancio.

—No son suficientes.

—Blair.

—Dylan.

Me miró. Yo lo miré. Esto parecía una guerra silenciosa de voluntades.

Habíamos mantenido conversaciones más agradables durante averías informáticas a las tres de la madrugada, pero esto parecía mucho más peligroso.

—No puedes obligar a un comprador a conservar eternamente una estructura directiva —dijo finalmente.

—No pretendo hacerlo.

—Eso parece.

—Pretendo impedir que compre Lumis, te despida al día siguiente y coloque a algún imbécil con un máster carísimo que no sepa distinguir un servidor de una cafetera. —Dylan sonrió.

—Me conmueve tu confianza en mis capacidades.

—No te acostumbres.

—La propuesta garantiza mi continuidad durante el período acordado, salvo causas justificadas. Y me reconoce autonomía operativa.

—Quiero que esa autonomía sea real.

—Lo será, Blair. Entiende que Blackwell necesita conocerme, al igual que a cada empleado de esta empresa.

—Quiero que tengas capacidad de decisión sobre el equipo.

—La tendré.

—Y quiero que dejes de darme la razón solo para que me calle.

—Eso último va a ser complicado. —Le enseñé el dedo.

Sonrió en respuesta. Aunque al segundo su expresión cambió.

—Blair, ¿estás segura? —Miré el contrato.

Aquella pregunta llevaba días persiguiéndome. Me la había hecho el abogado. Mi asesor financiero. Dylan y hasta Marta, aunque con bastante más delicadeza.

—Sí.

—No te he preguntado si tienes un plan.

—Tengo varios.

—Ni si has revisado las cifras.

—Tres veces.

—Te he preguntado si estás segura. —Aparté la mirada.

En el salón, Zuli estaba discutiendo con Millie por un cojín que, según ambas, les pertenecía desde antes de nacer.

Ethan apareció corriendo detrás de Nilo.

Anouk gritó algo relacionado con una injusticia y Marta intervino.

Esta era ahora la realidad, porque era mi casa, mi familia y mi nueva vida.

—No estoy segura de que vaya a gustarme —respondí—. Pero sí de que es lo que quiero hacer.

Dylan asintió lentamente.

—Entonces deja de buscar una razón para retrasarlo. —Lo miré.

—¿Siempre has sido tan insoportable?

—Me contrataste tú.

—Un error de juventud.

—Uno de tus mejores aciertos. —No respondí.

Porque, por desgracia, tenía razón. Ethan Blackwell no era un negociador fácil y aquello no me sorprendió. Lo que me sorprendió fue que tampoco intentara serlo.

Cuando le envié mis condiciones, respondió con observaciones concretas, modificaciones razonadas y una contrapropuesta que demostraba dos cosas.

La primera: había estudiado Lumis con bastante más profundidad de la que yo esperaba.

La segunda: no era idiota.

Y esa era una combinación peligrosa.

Hablamos tres veces antes de acordar los términos. En la cuarta conversación decidí que quería estrangularlo.

—No aceptaré una prohibición absoluta de despidos —dijo.

Estaba sentado en su despacho, al otro lado de la pantalla. Camisa blanca. Mangas remangadas. Expresión tranquila. La clase de tranquilidad que debería estar prohibida durante una negociación.

—No te he pedido una prohibición absoluta.

—Tu redacción se aproxima bastante.

—He pedido que no utilices la adquisición para desmantelar la plantilla.

—Y estoy de acuerdo.

—Entonces firma.

—Blair.

—Ethan. —Sonrió.

Lo odiaba, pero solo un poquito.

—Necesito margen para gestionar una empresa si cambian las circunstancias.

—Y yo necesito saber que no vas a despedir a treinta personas porque a algún directivo se le ocurra que puede ahorrarse dinero fusionando departamentos.

—No tengo intención de hacerlo.

—Las intenciones no se pueden ejecutar judicialmente. —Su sonrisa se ensanchó.

—Eso es cierto.

—Me alegra que estemos de acuerdo.

—Lo estamos en el objetivo. No en la redacción. —Apreté los labios.

—Te escucho.

—Compromiso de continuidad de la actividad y del equipo durante el período pactado, sin despidos derivados exclusivamente de la integración. Se mantienen las facultades ordinarias de gestión para incumplimientos acreditados, bajo rendimiento debidamente evaluado y otras causas justificadas conforme a la legislación aplicable.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.