Madre a la fuerza

Capítulo 13 — Manual de supervivencia para una mudanza

Blair

Hay tres cosas que jamás deberían coincidir en una misma semana: una mudanza internacional, cuatro niños pequeños y un gato convencido de que todas las cajas de cartón son propiedades privadas.

Por desgracia, nadie me consultó antes de organizar el calendario.

—¡TÍA BLAIR! ¡NILO SE HA COMIDO MI PRINCESA! —Cierro los ojos.

Son las ocho y diecisiete de la mañana. Todavía no he desayunado y ya tenemos una víctima de la realeza.

—Zuli, cariño, ¿qué parte de la princesa se ha comido?

—¡EL PELO!

Eso reduce considerablemente las posibilidades de una intervención veterinaria.

Entro en el salón y encuentro a Nilo sentado dentro de una caja de mudanza. Entre sus patas delanteras descansa una muñeca rubia que parece haber sobrevivido a una noche especialmente complicada.

Zuli lo señala con indignación.

—¡Es un monstruo! —Nilo bosteza.

Un gesto poco apropiado para alguien acusado de un crimen contra la monarquía.

—Vamos a comprobar los daños —propongo.

Recojo la muñeca. Tiene el cabello enredado y una pequeña zona húmeda que prefiero no investigar.

—Creo que sobrevivirá.

—¡Está calva!

—No está calva. Tiene un peinado moderno.

—¡Parece papá cuando se cortó el pelo! —La frase me alcanza sin previo aviso.

Durante un segundo, Zuli se queda quieta, como si también hubiera recordado algo que no esperaba. Entonces sonríe.

—Mamá decía que parecía una patata.

Y yo recuerdo aquella fotografía que Billie me envió después de que Aiden decidiera raparse la cabeza por una apuesta absurda.

—Tu madre tenía razón —respondo—. Una patata bastante elegante, pero una patata. —Zuli se ríe y el nudo que se me había formado en el pecho afloja lo suficiente para permitirme respirar.

—¿Podemos ponerle un sombrero a la princesa?

—Podemos ponerle dos. Pero primero hay que encontrar la caja de los sombreros.

Miro alrededor y hay diecisiete cajas en el salón. Todas están etiquetadas, pero ninguna dice «sombreros».

Una dice «cosas importantes».

Otra, «cosas muy importantes».

Y una tercera, escrita con la caligrafía de Anouk, anuncia: «¡NO TOCAR. SECRETO!».

Sospecho que en esta última se encuentran todos los objetos que realmente necesitamos.

***

La casa de Tarragona nos recibe con un cielo azul que parece burlarse de las últimas semanas de mi vida.

Es preciosa. No lo digo porque la haya comprado. Lo digo porque también compré una cafetera que prometía preparar diecisiete tipos de café y resultó incapaz de producir uno que no supiera a calcetín hervido.

La casa, en cambio, ha cumplido con las fotografías.

Tiene habitaciones luminosas, una cocina amplia, un salón desde el que se ve el jardín y una piscina protegida por un cerramiento de seguridad que he revisado tantas veces que el instalador probablemente sueña conmigo. Y, sobre todo, tiene espacio. Espacio para que los niños jueguen. Para que Marta pueda trabajar sin tropezar con una muñeca cada cuatro pasos. Para que yo pueda tener un despacho. Y para que Nilo disfrute de su recinto exterior sin convertirse en el aperitivo de alguna gaviota con ambiciones gastronómicas.

—¡ES ENORME! —grita Anouk cuando entramos.

—¡YO QUIERO LA HABITACIÓN ROSA! —anuncia Zuli.

—¡YO TAMBIÉN! —responde Millie.

—Hay dos habitaciones que podemos decorar de rosa. Además, vosotras ya habíais elegido habitación —intervengo.

—¡YO QUIERO LA MISMA QUE ZULI!

Por supuesto... sería demasiado fácil que se quedaran con lo que ya habían elegido.

Marta me dirige una mirada de solidaridad. Es la mirada que se dedica a los soldados antes de una batalla.

—Podemos decidirlo después de comer —propone.

—Buena idea —respondo—. Nadie toma decisiones inmobiliarias con el estómago vacío.

El pequeño Ethan, que ha permanecido sospechosamente tranquilo durante los últimos minutos, levanta ambos brazos hacia mí.

—Tía. —Lo cojo.

Me agarra la nariz.

—Casa.

—Sí, campeón. Nuestra casa. —Señala el jardín.

—Fuera.

—Después.

—Fuera.

—Tenemos que dejar las cosas.

—Fuera.

¡Madre santa! Admiro su capacidad negociadora.

No pierde tiempo con argumentos innecesarios.

—Vas a ser un director ejecutivo magnífico —murmuro.

—¿Qué ha dicho? —pregunta Marta.

—Que quiere salir.

—Eso ya lo había entendido.

—Entonces llevamos ventaja.

A las once de la mañana hemos conseguido introducir todas las maletas, localizar la cocina y perder una zapatilla.

A las once y cuarto descubrimos que la zapatilla estaba dentro de la caja de juguetes.

A las once y veinte perdemos a Nilo. No físicamente porque habría sido una tragedia. Lo perdemos de vista, que es una situación distinta, aunque Zuli no comparte mi interpretación.

—¡SE HA ESCAPADO EL POLLO! —El grito provoca una movilización general.

Anouk inspecciona los dormitorios. Millie mira debajo de los muebles. Zuli recorre el pasillo llamándolo «pollito precioso», una expresión que jamás utilizaría en presencia de testigos adultos. Yo compruebo que las puertas exteriores continúan cerradas y Marta encuentra al fugitivo.

Está dentro de una funda de almohada durmiendo.

—No puede ser —murmuro.

Nilo abre un ojo y me observa con la indiferencia de quien paga todas las facturas de la casa.

—¿Sabes cuántos años de vida me acabas de quitar? —Ronronea.

—No intentes comprarme con cariño. —Ronronea más fuerte, lo saco de la funda y lo abrazo.

—Eres un delincuente.

—¡Mi delincuente! —exclama Millie.

—Nuestro delincuente —la corrige Anouk.

Y así, sin necesidad de una ceremonia oficial, Nilo queda inscrito como miembro de pleno derecho de la familia. Aunque sospecho que él se considera su propietario.




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