Blair
Hay decisiones que cambian tu vida. Una de ellas es aceptar la tutela de cuatro niños. Otra puede ser vender la empresa que construiste desde cero. Hasta mudarte a otro país se podría sentir abrumador.
Pero decirle a Ethan Blackwell que aceptarás cenar con él cuando demuestre que sabe preparar una pizza con forma de corazón, no era algo trascendental y me parecía bastante inofensivo...
Hasta que recibí una fotografía: Una pizza en forma de ¿corazón?
Y una cocina que, por el aspecto de la encimera, acababa de sobrevivir a una explosión de harina.
Debajo había un mensaje.
Prueba número uno. El paciente presenta algunas deformidades, pero el corazón sigue latiendo.
Amplío la imagen.
La masa tiene una forma que podría confundirse con un corazón si uno la observa desde cierta distancia, entrecierra los ojos y posee una imaginación especialmente generosa.
Eso parece el mapa de Australia después de un terremoto.
Su respuesta llega enseguida.
Eres una crítica gastronómica despiadada.
Soy una mujer que sabe distinguir entre una declaración romántica y un accidente geográfico.
¿Declaración romántica? Interesante interpretación.
Maldito hombre.
Sonrío mientras escribo.
No te emociones. Todavía no has superado la prueba de geometría.
Habrá una segunda oportunidad.
Eso espero. Por el bien de Australia.
Dejo el teléfono sobre la mesa y continúo preparando el desayuno.
O, al menos, lo intento.
—¿Quién te ha mandado una pizza? —Anouk está a mi lado.
No la he oído entrar.
Empiezo a sospechar que esta niña recibió entrenamiento de espionaje antes de cumplir los seis años.
—Un amigo.
—¿El amigo que te hace reír? —Me vuelvo lentamente.
—¿Desde cuándo llevas un registro de mis expresiones faciales?
—No sé qué es eso.
—Lo sospechaba. —Se sube a una silla y contempla la fotografía que sigue abierta en la pantalla.
—Eso no es un corazón.
—Gracias.
—Parece un culo. —Me atraganto con el café.
—¡Anouk!
—¿Qué?
—No puedes decir esas cosas durante el desayuno. —Frunce el ceño.
—¿Después sí?
Necesito establecer un reglamento doméstico... Urgentemente.
—Es una palabra poco elegante.
—Pero se parece. —No puedo discutirlo porque la niña tiene razón.
—¿Quién la ha hecho?
—Ethan. —Anouk parpadea.
—¿Nuestro Ethan?
—No, cariño. Otro Ethan.
—Ah. —Piensa unos segundos.
—¿Es mayor?
—Bastante.
—¿Y no sabe hacer corazones?
—Por lo visto, no. —Me observa con una mezcla de desconcierto y compasión.
—Pues tiene que practicar.
Exactamente mi opinión.
***
La organización escolar se ha convertido en nuestra siguiente gran aventura.
Hemos conseguido plaza para los mayores en centros adecuados a sus edades y estamos terminando los trámites de incorporación. También hemos organizado la adaptación de los pequeños y los horarios con Marta.
Todo parece razonablemente controlado. Lo cual, en esta familia, significa que el desastre está esperando su oportunidad.
—No quiero esa mochila —declara Zuli.
La mochila en cuestión es rosa, tiene estrellas, un unicornio y costó una cantidad de dinero que prefiero no recordar.
—La elegiste tú —le recuerdo.
—Ahora quiero la de Anouk.
—La de Anouk es más grande.
—Yo también soy grande. —Millie aparece arrastrando una mochila que casi supera su altura.
—¡Yo soy gigante! —El pequeño Ethan, que no está dispuesto a quedarse fuera de ninguna conversación, levanta un zapato.
—¡Mío!
—Sí, campeón. Es tuyo. —Lo lanza.
Afortunadamente, no alcanza a nadie. Marta lo recoge con la serenidad de quien ha aceptado que la física es una disciplina opcional en esta casa.
—¿Y si primero desayunamos? —propone.
—Excelente idea —respondo—. La negociación sobre equipamiento escolar queda suspendida hasta nuevo aviso.
Anouk me mira.
—Hablas como una directora.
—Fui directora.
—Pues aquí no mandas tanto. —Marta gira la cabeza para disimular una sonrisa.
La muy traidora.
A media mañana consigo sentarme frente al ordenador.
El proyecto Atlas ya está formalizado. Mi representante ha cerrado los detalles administrativos y Adrián Salvat me ha enviado los accesos técnicos.
Durante los próximos cuatro meses trabajaré con su equipo en la integración de una infraestructura que necesita bastante más que una actualización.
Necesita una intervención quirúrgica. Y yo estoy encantada.
Abro los diagramas de arquitectura, reviso las dependencias y empiezo a identificar los primeros problemas.
Dos horas después tengo un documento con diecisiete observaciones. Once son importantes. Cuatro, preocupantes. Y dos me hacen preguntarme si alguien diseñó el sistema después de una noche de fiesta.
Le envío un mensaje a Adrián.
He revisado la arquitectura. Necesitamos una reunión con los responsables de integración. Hay decisiones que deben corregirse antes de avanzar.
Responde pocos minutos después.
¿Tan grave es?
Digamos que vuestra infraestructura tiene una personalidad muy interesante.
Eso no suena bien.
Depende. ¿Os gustan las emociones fuertes?
Empiezo a arrepentirme de haberte contratado.
Todavía estás a tiempo de fingir que no has leído el informe.