Mafia King

capitulo 2

Capitulo 2
Raras presencias

hace 4 años

temía del futuro.

pero me encantaba vivir el presente.

la limusina me dejó frente el aparcamiento de la Élite university, adolescentes pubertos de primer años ya se encontraban ansiosos por entrar a la universidad, y los estudiante que llevaban años en la universidad se encontraban recargados en sus autos y unos que otros fumando creyéndose superior apagando mi celular y cargando mi mochila en un hombro baje de la limusina.

la gente se me había quedado viendo cuando baje, pero mi atención iba más allá de querer tener atención hacia ellos.

¡Abran paso perras!¡la mayor de los santoro llegó!

tenia una meta al llegar a esta escuela, obviamente todas esas metas se desmoronaron cuando Salvius decidió hacerme aquel acto cruel, obvi mi yo de este entonces no sabía lo que le esperaba, asi entro como una chica inocente con altas expectativas de la vida, cero rencores, cero pretendientes, y aun con un Salvius como amigo, o eso creía.

gire en un pasilla ya dentro de la universidad y me detuve bruscamente, cuando mis ojos se enfocaron, aquel muchacho, que por gracias a mi familia lo conocí a los 3 años y desde entonces había quedado totalmente enamorada de él.

ahí estaba. Cabello oscuro, ligeramente ondulado, cayéndole sobre la frente como si cada hebra supiera exactamente dónde debía descansar. Gafas redondas que enmarcan unos ojos profundos, siempre ocultando algo que jamás me diría en voz alta. Piel clara, labios que podían ser tan crueles como seductores, y un cuerpo marcado con la elegancia descuidada de quien no necesita esforzarse para atraer miradas. la inicial de mi nombre plateado colgaba de su cuello, asi como el mio con su inicial, rozando un pecho que sabía de victorias y pecados. Y yo… yo no estaba lista para lo que sucedería en unos meses que haría arruinar nuestra amistad.

—no puedo creerlo, Salvius Kashmir king ¿que crees que estás haciendo?—dije al ver que una chica tal vez de 4 año se le encimaba frotando sus pechos mientras él la besaba, era la primera vez que lo veía así de esa manera con una mujer—.

Él se separó de golpe, sorprendido, como si mi voz le hubiera arrancado del momento.

—Roxy… no es lo que crees—la chica se fue corriendo y desapareció por el pasillo—.

Yo, que lo amaba de una forma que no admitía ni en mis propios pensamientos, simplemente solté una risa suave y burlona, dejando que mis palabras se deslizaron como veneno envuelto en terciopelo.

—¿Qué estuviste haciendo todo el verano? —arqueé una ceja—Tanto tiempo lejos… parece que las hormonas se te alborotaron.

Sus labios se curvaron en una media sonrisa cargada de ironía.

—No todas las noches fueron aburridas, Santoro.

Y así, como si nada hubiera pasado, continuamos hablando… aunque en el fondo, ambos sabíamos que algo había cambiado.

estoy segura que el idiota lo sintio pero lo fingio.

Rodé los ojos, pero no pude evitar recorrerlo con la mirada de arriba abajo.

—Te ves… bien —dije con un tono neutral, aunque la palabra “bien” sabía a mucho menos de lo que realmente pensaba—.

Llevaba una camisa negra de algodón, ajustada lo suficiente para marcar la línea firme de sus hombros y el contorno de sus músculos, como si la tela supiera perfectamente dónde tensarse para resaltar su cuerpo. El primer botón estaba desabrochado, dejando asomar parte de su clavícula y el collar con mi inicial brillando al compás de sus movimientos. Un pantalón vaquero oscuro completaba el conjunto, sencillo pero con ese aire despreocupado que siempre le quedaba perfecto.

Él sonrió, pero no con la picardía que esperaba, sino con algo que parecía contenerse.

—Tú… emm… también te ves bien —dijo, con una pausa demasiado evidente, como si buscara la palabra correcta y no la encontrará—.

No era para menos. Yo, cuatro años atrás, no era la Roxanne que sabía caminar con tacones de aguja y un vestido a la medida. Vestía un pantalón beige de corte extraño, arrugado en las rodillas, una camiseta holgada color mostaza que me quedaba un poco grande y una chaqueta de mezclilla que había visto mejores días. El cabello lo llevaba suelto pero sin forma, rebelde como siempre, y un maquillaje mínimo que apenas resaltaba mis rasgos. No era un desastre… pero definitivamente no era la mujer que aprendería a ser.

—Vaya, gracias —dije con una sonrisa irónica, consciente de mi falta de estilo, pero también de que, incluso así, él no dejaba de mirarme como si aún recordara a la niña de 17 años que lo veía como un héroe—.

Él me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario, y su sonrisa se ladeó apenas.

—No me mires así, Santoro… que luego vas a decir que soy yo el que busca problemas.

—¿Problemas? —arqueé una ceja y crucé los brazos—Por favor, King… si yo buscara problemas, tú ya no estarías aquí para contarlo.

Se rió, esa risa grave y corta que siempre lograba irritarme y, a la vez, arrancarme una sonrisa aunque no quisiera.

—Sí, claro. La chica de la camiseta mostaza y los pantalones tristes amenazándome… qué miedo.

—Tú ríete —contesté, dando un paso más cerca—pero no olvides que a los tres años te hice llorar porque no te dejé usar mi triciclo.

—Me acuerdo… —dijo, bajando la voz como si fuera un secreto—Y ahora, mírate. Sigues igual de mandona.

—Y tú igual de insoportable —repliqué, pero una esquina de mi boca se levantó, traicionándome—.

Él se encogió de hombros, con ese gesto relajado que parecía decir que nada en el mundo podía afectarle.

—Al menos reconócelo… me extrañaste.

—¿Extrañarte? —fingí pensarlo mientras caminábamos por el pasillo—Puede que un poco… pero solo porque sin ti no tenía a quién fastidiar.

Él sonrió, y sin mirarme directamente, murmuró:

—Mentira… me miras como si sí me hubieras extrañado.




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