-Christopher-
Ha pasado una semana desde que vi a Jackson en ese café. Una semana en la que he arreglado ese maldito proyecto de literatura y, lo que es más importante, he estado trabajando como un demonio para asegurar que mi clan siga en la cima. Después de un día agotador, por fin llegué a la mansión Vannicelli.
—¡Buenas tardes, señor! —dijo uno de mis volcati (Nombre usado para los hombres que trabajaban para los Vannicelli), recibiéndome. Caminé directo a las escaleras, aflojándome el nudo de la corbata.
—¿Tenemos nuevas novedades sobre la mercancía exportada hacia América Latina? —pregunté, ya subiendo los escalones, con el volcati siguiéndome de cerca. La idea de no tener noticias del consejo sobre nuestro cargamento no me gustaba ni un poco. No esperaría ni un minuto más.
—Claro que sí, señor Diam —respondió, usando mi nombre en los negocios de la mafia italiana—. Esta carta fue enviada por el consejo de la mafia italiana. —Me entregó un sobre rojo. Lo tomé, sentándome en mi escritorio.
—Bien, puedes retirarte —concluí, observándolo. El volcati asintió, se dio la vuelta y salió, cerrando la puerta detrás de él.
Dicho esto, comencé a abrir el sobre. Un pequeño sentimiento de intriga me invadió. Normalmente, el consejo no enviaba cartas, y si lo hacía, solía ser para felicitarnos por algún éxito. Abrí el sobre, sacando una hoja blanca. El olor a papel invadió mi nariz. Tomé la hoja con la mano izquierda y me dediqué a leer.
"Señor Diam, gratos saludos por parte del CMI (Consejo de la Mafia Italiana). El motivo de esta carta es expresar nuestra felicidad al saber de su gran desempeño en América Latina. Su gran esfuerzo se nota, y mucho. Nos permitimos informarle que, en honor a su esfuerzo, tendremos una grata reunión el día de hoy, sobre las 09:00 p.m. Esperamos su asistencia. Sin más que decir, nos despedimos. ATT: CMI."
—Señor Diam —dijo un volcati, entrando por la puerta. Su mirada reflejaba cierta preocupación.
—¡¿Qué en esta maldita casa no se puede estar un momento en paz?! —grité, haciendo que el hombre diera un pequeño salto. Ya sabían que no me gustaban las visitas cuando llegaba de trabajar.
—Lamento mucho molestarlo, señor, pero nos acaban de informar que un volcati reveló información importante sobre el clan Vannicelli a los Vasiliev —murmuró, bajando la cabeza.
¡Carajo! Lo que me faltaba. Lo único que necesitaba era que un idiota abriera la boca. El que me haya traicionado pagaría con sangre y con su sufrimiento. El simple hecho de ser traicionado hacía que la sangre me hirviera. Mis venas no tardaron en hacerse notar, mi respiración era difícil de controlar y mi mandíbula se tensó. Tendría algo de entretenimiento antes de la dichosa reunión.
Sin esperar, comencé a caminar directo a la habitación subterránea donde yacía el malnacido que había osado traicionarme. El hombre se encontraba atado sobre una mesa de metal, con algunos objetos a su lado.
—¡P-piedad, señor, t-tengo una familia que me espera, solo lo hice por necesidad! —Suplicó al verme entrar. Sus manos temblaban igual que su cuerpo, estaba sudoroso. Sin duda, daba asco.
—¿Necesidad? —bufé—. ¿Acaso no era suficiente tener seguridad para tu familia y tener dinero para gastar en lo que quisieras para tus hijos? —vociferé—. Pero no te preocupes, tu familia no te esperará —añadí, dando leves palmadas en su hombro derecho. El hombre solo me miraba con terror. Me di la vuelta, di unos pasos y luego me giré para darle un derechazo en todo el pómulo, haciéndole una herida nada grave.- ¡Me darás toda la puta información que le diste a los Vasiliev! No tengo tiempo, así que sé breve —musité. Sus ojos transmitían miedo, horror, desesperación. Sabía que era su último día de vida.
—Les hablé sobre nuestra alianza con los Bardog, algunas rutas usadas para evadir puestos policiales, algunas nuevas rutas y les di dos ingredientes de la flor de los demonios rojos —contestó, mirándome con desesperación.
Mi ira llegó a su límite. ¿Cómo carajos había revelado los ingredientes de mi mejor droga? Con la ira desbordada, le di otro puñetazo, esta vez en el labio, haciéndolo sangrar. Dirigí mi mirada hacia la mesa que contenía algunos objetos cortopunzantes entre otro tipo de armas. No dudé ni un segundo y tomé una navaja.
—¿Con que recetas acerca de mi mercancía, ah? —dije, pasando la navaja por sus brazos, aún sin hacer nada. El hombre temblaba y su respiración se había vuelto bastante descontrolada—. Sí que tuviste agallas para traicionarme, qué desagradecido. —Le dediqué una mirada de desaprobación—. Sick, tráeme una jeringa con un poco de flor de los demonios rojos —dije sin mirarlo. Él no tardó en entregarme la jeringa.
—¡NO!, por favor, piedad, señor, le prometo que no le volveré a fallar —suplicó, con lágrimas en los ojos.
—Claro que no volverás a fallarme, no vivirás para hacerlo de nuevo. Lo sabías, la traición se paga con sangre, atente a las consecuencias. ¿Gustas algo de la flor? —musité, dando algunos golpes a la jeringa en la que yacía el líquido verdoso.
La "Flor de los demonios rojos", droga que es propiedad exclusiva del clan Vannicelli. Por eso me enfadaba saber que los Vasiliev posiblemente tenían dos de sus ingredientes. Este producto es la mezcla de seis drogas diferentes: Heroína, Anfetaminas, Cannabis, Opioides, Fentanilo y Cocaína. Las seis son altamente adictivas, debido al alto impacto en el sistema inmunológico, nervioso y central. La unión de sus efectos fue el mejor descubrimiento del clan Vannicelli, ya que vuelve dependiente a quien la consume en cuestión de días. Y como nadie más la maneja, ni sabe cuál es su mezcla, se ven obligados a permanecer bajo nuestro mando solo para seguir bajo sus efectos.
No tardé ni un segundo más y le inyecté el líquido justo en sus venas, haciendo que se retorciera de dolor. Esperé unos minutos viendo cómo la droga hacía su trabajo. Al ver el efecto que causó en él, comencé la tortura. Volví a tomar la navaja y lentamente la pasé sobre la piel de sus brazos. El hombre se retorcía mientras gritaba. Luego comencé a rasgar sus piernas, muslos y pies. Después de un rato, tomé un martillo y comencé a golpearlo con todas mis fuerzas, descargando mi ira en él. Golpeé su abdomen, haciendo que escupiera sangre por todas partes.