La noche había caído sobre Lima como un manto espeso, de esos que no dejan ver más allá de las propias narices. Diego Ramos llevaba tres horas encerrado en el departamento de Bellavista, con el teléfono en la mano y la mirada perdida en la pared. A su lado, El Gato Herrera tecleaba frenéticamente en una laptop, rastreando llamadas, movimientos bancarios, cualquier cosa que pudiera darles una pista.
—El número desde el que llamaron es un prepago —dijo El Gato, frotándose los ojos—. Activado hace dos días en una bodega de San Juan de Lurigancho. Pagaron en efectivo, obviamente. No hay cámaras, no hay testigos, no hay nada.
—Entonces es gente que conoce el oficio —respondió Diego, con una calma que aterraba más que cualquier grito—. Saben cómo no dejar rastros.
Sandra salió de la cocina con dos tazas de café. Las dejó sobre la mesa y se sentó junto a Diego, rodeándole los hombros con un brazo. Él no reaccionó. Seguía mirando la pared, como si pudiera ver a través de ella, atravesar los kilómetros de ciudad y llegar hasta el lugar donde tenían a Mónica.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella en voz baja.
—Pagar. Por ahora, lo único que importa es que vuelva sana y salva. Después... —hizo una pausa, y sus dedos se cerraron con fuerza sobre la taza—. Después, voy a encontrar a los que hicieron esto y los voy a hacer pagar. Uno por uno.
El Gato lo miró con atención. Conocía a Diego desde niño, había visto esa expresión antes. Era la misma que tenía cuando mataron a su madre, hacía quince años. La misma mirada fría, vacía, de alguien que ya no tenía nada que perder.
—Cholo, necesito que pienses bien esto. Si pagamos, les damos lo que quieren. Pero si pagamos, también les decimos que funcionó, que secuestrar a tu gente es una forma de presionarte. Puede que esto no termine aquí.
—Lo sé —respondió Diego—. Pero ahora mismo no me importa. Ahora mismo solo quiero que Mónica esté viva.
El teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje de texto, número desconocido: "¿Tienes la plata? Respondé en una hora o la próxima foto será de ella muerta".
Diego sintió que el corazón se le paraba. Miró a El Gato.
—¿Puedes rastrear esto?
—Ya lo estoy haciendo. Pero necesito tiempo. Tienen que mantener la llamada abierta al menos treinta segundos para que el sistema triangular la ubicación. Si solo mandan mensajes, es más difícil.
—Entonces vamos a darles lo que quieren. Responde: "Tengo el dinero. ¿Dónde y cuándo?".
El Gato asintió y tecleó la respuesta. Pasaron cinco minutos, diez, quince. Cuando faltaban cinco para el límite, el teléfono volvió a vibrar.
"Mañana, 10 p.m. Parque Zonal Huáscar, San Juan de Lurigancho. Ven solo. Si vemos algo raro, la matamos".
—San Juan de Lurigancho —repitió El Gato—. Eso es territorio de Aroni.
Diego asintió lentamente. Las piezas comenzaban a encajar.
—El Loco Aroni. Claro. Con el Chato no tenemos problemas directamente, pero Aroni siempre ha querido mi puesto. Esto es una jugada para debilitarme, para mostrarme que nadie está seguro.
—No puedes ir solo, Cholo. Es una trampa. Te van a matar en cuanto pongan las manos en el dinero.
—Lo sé —respondió Diego—. Pero tampoco puedo arriesgarme a que la maten a ella. Así que vamos a hacerlo a mi manera.
Se levantó y caminó hacia la ventana. Afuera, las luces del Callao parpadeaban en la distancia.
—Gato, quiero que prepares a los mejores hombres. Los más leales, los que han estado conmigo desde el principio. Van a estar cerca, pero sin que los vean. Si las cosas se ponen feas, quiero que actúen.
—¿Y si no se ponen feas? ¿Si te entregan a Mónica y todo sale bien?
—Entonces nos llevamos a mi hermana y nos vamos. Pero no va a salir bien, Gato. Aroni no es de los que sueltan el hueso cuando ya lo tienen mordido. Quiere sangre, y quiere la mía.
Sandra se levantó y se puso frente a él.
—Diego, por favor, déjame llamar a la policía. El capitán Salazar es un hombre honesto, podría ayudarnos.
Diego negó con la cabeza.
—No. La policía está infiltrada. Si llamo a Salazar, en diez minutos lo sabrá Aroni. Además, esto es algo que tengo que resolver yo.
—¿Y si te matan? ¿Qué hago yo entonces?
Diego la miró, y por primera vez en horas, sus ojos perdieron un poco de esa frialdad.
—Tienes que prometerme una cosa, Sandra. Si algo me pasa, te alejas. Agarras tus cosas, te vas del país, empiezas de nuevo donde nadie te conozca. No quiero que termines como mi madre, muerta en una cuneta por estar cerca de gente como yo.
—No voy a dejarte.
—Prométemelo.
Ella quiso protestar, pero la mirada de Diego era tan intensa que las palabras se le atragantaron.
—Te lo prometo —susurró finalmente.
Diego la abrazó con fuerza, sintiendo el calor de su cuerpo contra el pecho. Por un momento, fue solo un hombre abrazando a la mujer que amaba, sin mafias, sin secuestros, sin muertes. Pero el momento pasó, y cuando se separaron, volvió a ser El Cholo, el líder de una de las organizaciones más temidas del Callao.
—Gato, vamos a planear esto paso a paso. Quiero saber cada calle, cada salida, cada posible emboscada en ese parque. Y quiero saber quién es el contacto de Aroni dentro de la policía. Porque si hay algo que me va a mantener vivo mañana, es saber qué esperan ellos que no espere yo.
A esa misma hora, en el distrito de San Borja, la fiscal Valeria Quispe no podía dormir. Llevaba días dándole vueltas al expediente del caso "Puerto Limpio", encontrando conexiones que no sabía si eran reales o producto de su obsesión. Una de ellas, la más inquietante, era la relación entre el congresista Esteban Cruz y ciertos sectores de la policía.
El teléfono sonó a las dos de la madrugada. Era el capitán Salazar.
—Valeria, perdón por la hora, pero tengo algo que necesitas ver.
—¿Qué pasa?
—Acabo de recibir un informe de inteligencia. Hay un secuestro en curso. La hermana de Diego Ramos, el tal "Cholo" del que hablamos. La levantaron ayer a la salida del hospital donde trabaja.