Maison d´ May

Capítulo 26

...La luna emergía sobre el amplio firmamento que sangraba en vivos colores atardecer, los bandos estaban uno frente a otro. "¿Cómo pudiste?" preguntó una de ellas. "Confiamos en ti". Nadie lo esperaba, pero parecían más extrañados de él, porque lo conocían mejor a él. El silencio de ambos fue una puñalada en el pecho. En el suelo lloraba la mujer más dulce del mundo, su mirada maternal se empañaba de horror mientras era testigo de una pesadilla. Él era un verdadero traídor, pero, en aquel campo, quien mejor lo entendía era ella, se encontraban en el mismo lado, ella lo había decidido sin decírselo a nadie, de lo contrario todo se arruinaría, aún tenían un par de cartas bajo la manga. Aún podía salvarlos. "Bien hecho querida, cuando esto termine, podrás volver". El susurro de la víbora inundó sus oídos intentando cegarla, ya había caído una vez, no lo repetiría una segunda...

...En sus brazos apretaba el jarrón como si su vida de ello de pendiese (y lo hacía) la oscuridad apenas le permitía caminar, podría tropezar con cualquier cosa si corría, pero tampoco podía darse el lujo de detenerse a respirar, podía sentir su movimiento entre los pasillos, acechando. Las había separado, su presencia se sentía omnipresente, como si estuviese en todos y ningún lugar. Una voz la llamó a la distancia perdiéndose entre los ecos de una caverna de techo inalcanzable, tantas respuestas guardadas en el lugar y no podía acceder a ellas. El gripo que estalló por el pasillo vecino la obligó a correr, ella era a quien debía encontrarse, solo ella podía encerrarlo.

Al doblar las luces danzaron en violentas ondas que chocaban unas contra otras rebotando y empujando con fuerza las repisas empolvadas, apenas pudo escapar de sus garras cuando abrió el recipiente en su dirección. No debió cerrar los ojos, pero lo hizo. El dolor del impacto contra algún librero y el posterior impacto contra los cristales le causaron un dolor insoportable que le arrancó el aire de los pulmones. La luz entró a sus ojos de golpe, ardía como fuego en sus retinas, el azul celeste se alejaba con velocidad arrojándola hacia su perdición...

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-...entonces pasó de "mi mami dice que soy especial" a "nadie brilla más que yo". Desde entonces es in-so-por-ta-ble. Aprende un hechizo avanzado y se cree la última coca cola del desierto. ¿Sabías que solo sale con elfos blancos? Eso debe es racista ¿No? Y habla de los humanos como si fueran cualquier insectos, pero tiene familia humana ¿Te imaginas lo hipócrita que eso es?

-¡Lo sé! –giró sus ojos Devi- Tienes suerte, May, este año entra a la universidad, así que no tendrás que conocerla.

-Es una lástima, era la bruja más divertida del aquelarre hasta que la aceptaron en Santa Genoveva. Créeme todas las chicas que van a esa escuela son unas engreídas.

Las chicas seguían inmersas en sus conversaciones cuando desde la distancia se divisaron los dulces colores pasteles del único chico que no esperaba invitar a su casa y que tampoco esperaba volver a ver. Devi se lanzó sobre el chico en total alegría, Sara en cambio giró sus ojos desviando su mirada divirtiendo a Konran. May en cambio enrojeció acalorada, no había pensado en esa noche hasta ese momento, pero él parecía haberlo olvidado, le sonrió saludando como si nada, cosa que agradeció sobremanera. Era lo mejor que podían hacer ante tan poca cosa.

Los chicos bajaron la colina por el lado norte hacia la "playa de las conchas" la cual estaba prohibida para los humanos bajo el pretexto de "fauna protegida, en extremo peligrosa". Sara y Devi afirmaron, cuanto más se alejaran de la ciudad y de cualquier lugar concurrido mejor, por lo que el bosque, al parecer tampoco era buena opción. Acordaron practicar antes de llevar acabo cualquier encantamiento o hechizo que fuese necesario, por lo que lo mejor sería practicar lejos de su familia, tanto para que no los descubrieran como para protegerlos de algo que pudiera salir mal.

Konran era un semi-híbrido en palabras de Devi y un mestizo en palabras de Sara, su papá y su abuelo eran teriántropos que ejercían la profesión de alquimistas, su abuela era bruja y su madre, como su hermana, humanas. Estudiaba y practicaba la hechicería, el arcano y la alquimia de toda la vida y su mayor aspiración era viajar por las tierras mágicas y tener su propio taller móvil al igual que su padre y su abuelo en sus juventudes. Sara se encargó, sin molestarse en disimular, de mantener distancia entre May y Kon, más pronto que tarde le contaron que él era todo un rompecorazones que no salía con humanas pero que le gustaba "comerse" algunas solo por gusto. Konran en ningún momento lo negó, sino que se rió con cínico descaro, no se disculpó con May y le dejó en claro que nunca lo haría, pero podía hacer más por ella. Sara le tenía resentimiento porque fue la ilusa que pasó por él antes de salir de vacaciones mientras salía con otra bruja del aquelarre Dalca.

-¿Sabes lo decepcionante que es que tu hermana sea humana? –le dijo Kon a May- Le enseñé todos los encantamientos y movimientos de manos, sabe hacer esos movimientos bien ¡Pero la magia! ¿Y sabes que es lo peor? ¡Que ni siquiera lo intenta! Ella nunca creyó en eso realmente, ni siquiera de niña. Dime ¿Qué clase de niña no cree en la magia? Cuando yo tenía tres años di mis primeros indicios. Mi primera práctica fue a los seis años y tiré un vaso sin tocarlo.

-Quizás solo sea humana y ya –dijo Sara- No tiene por qué ser bruja si tu mamá es humana.

-Sería así si no hubiese descubierto que la tía de mamá lo es. ¿Lo sabe mamá? No. Nunca. Porque la familia de mamá expulsa a los mestizos y a los miembros que se casan con humanos, al Mundo.




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