Maison d´ May

Capítulo 29

Jamás habló mal sobre su madre en terapia, aunque claro, aquello de lo que no se habla, aquello que duele y que se oculta, siempre encuentra una salida, por desgracia, lo que se reprime en el inconsciente no siempre tiene la salida mas discreta. Aquello que se calla se transmite como silencios pesados, miradas caídas que evitaban preguntas y callaban respuestas, movimientos nervioso y erráticos y voz baja que calcula cada palabra antes de escapar; aquello que se guarda dentro hace más daño que cualquier golpe, pues no se cura con el tiempo, sino que va profundizando la herida y lucha por salir afuera, en forma de pesadillas, de reacciones involuntarias que ponen a la defensiva al cuerpo y la mente, en forma de fobias, inseguridades y enfermedades somáticas aparentemente patológicas.

May no era buena, al menos nunca se sintió así y no porque su hermana y su madre así lo afirmaran, sino porque muy en el fondo de su corazón había malos sentimientos. Sus sentimientos más oscuros le asfixiaban como serpientes alrededor de su cuello, la ahogaban en el fondo del océano más profundo, la incineraban con llamas que ardían tras una lluvia de fuego en medio de una ensordecedora guerra. Y eran esos sentimientos, los que callaban sepultados en el lecho de su corazón, lo que más temía. Había un monstruo dentro de ella y no quería ceder ante su propia oscuridad por más que aquello llegara a tentarle en algunas ocasiones.

Por ello, se había tragado todo el miedo, todo el resentimiento y el odio que sentía hacia su madre por años. Nunca lo dijo en voz alta, ni siquiera lo expresaba para sí misma, ninguno de sus diarios jamás se enteró, pero May culpaba a su madre por todo. Culpaba a Ilda por las inseguridades de su hermana, por sus manías como fumar a escondidas, provocarse el vómito o pellizcarse hasta hacerse daño, la culpaba porque su hermana era una zorra y una interesada, por ser la bestia malcriada que podía llegar a ser y por cada oscuro secreto que tuvo que guardar para salvarla del castigo.

Culpaba a su madre por cada una de las veces que su padre estalló en cólera, por cada plato roto, por cada moretón, cada quemadura y mueble destrozado, la culpaba por cada una de las mudanzas sin aviso; incluso si sabía que no era posible. La culpaba de que su familia quebrara y se enriqueciera de manera abrupta; por cada cosa que perdió y que apreciaba, por cada parte rota dentro de ella, por las mentiras y los secretos, por los silencios que provocaba, por todas sus preguntas sin respuesta.

May había sabido ocultar con casi perfección las marcas de sus propios daños, solo la última de sus psicólogas logró sospechar algo, pero de nada sirvieron sus consejos y sus comentarios disfrazados, por que cuando lo hacía era por que llegaba a un punto en que no le importaba ya cuanto doliera, porque nada podía doler más que las espinas que se enredaban en su corazón. Hacía meses que no lo hacía, se había convencido a sí misma de que lo dejó atrás y sin embargo era una mentira más que se había hecho a sí misma. Lo había intentado dejar, solo Dina y Dios lo sabían pero había tenido una recaída silenciosamente estruendosa el día que Santi la dejó en el puerto sola, humillada y ultrajada. La segunda gran recaída fue durante la última navidad, ni siquiera había pasado mucho tiempo entre ambas; May se encerró en el baño con una aguja para desahogarse un poco y sonreír para sus abuelos durante aquellas felices fiestas, en aquella ocasión ni siquiera le había dado una importancia, solo eran unos cuantos piquetes, algo tan insignificante que ni siquiera debía contar como tal.

Allí frente a Étienne, con aquellos besos tan complacientes, un pensamiento sombrío pero placentero cruzó por su cabeza. Quizás ser una mala chica por un momento no era tan malo... quizás portarse mal podía ser algo... placentero.

Al cruzarse sus miradas de estas desprendieron un brillo de complicidad, la sombra de un pensamiento acarició sus labios dibujando una sonrisa y él correspondiendo con esa pecaminosa sonrisa de demonio.

Una canción de cuna inundaba la habitación en un intento por transmitir una calma que no poseía el sonido de las olas arrullaba a las durmientes mientras la mujer dentro de la habitación se mecía intentando calmar los temores en su corazón

...Una canción de cuna inundaba la habitación en un intento por transmitir una calma que no poseía el sonido de las olas arrullaba a las durmientes mientras la mujer dentro de la habitación se mecía intentando calmar los temores en su corazón. Frente a ella dormitaban dos bebés, ambas niñas, de apenas un par de meses de nacidas, los tres meses que las distanciaba una de la otra parecían no existir, ambas habían sido prematuras, pero la mayor apenas si había llegado al séptimo mes de gestación, mientras la otra poco faltaba para su nacimiento.

Un par de ojos pálidos como las olas del mar miraban a ambas nenas con la esperanza en la punta de sus pestañas Intentaba con callado desespero alguna similitud entre ambas, pero claro, los bebés, a tan tierno instante no podían parecer sino a ellos mismos; pero ambas eran rubias, eso era un logro, sus ojos eran de un gris aplomado similar a la de cualquier bebe que espera por revelar el verdadero color. Tomó su cabello haciendo y deshaciendo sus trenzas castañas una y otra vez mientras los pensamientos subían y bajaban a través de aquellos rizos. Una bebe para proteger, una bebe para sacrificio. En nombre de toda la familia, por el bien de su sangre debía acabar con ello y evitar que aquella mala semilla siguiese esparciéndose por el mundo.




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